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miércoles, 2 de mayo de 2018

NUEVAS GRAMÁTICAS



 En una época en que el delito de odio es la estrella del Código Penal no es extraño que se oiga conjugar muy a menudo el verbo odiar. Como tengo una cierta vocación de lingüista aficionado quería compartir aquí un nuevo uso de este verbo que he creído detectar últimamente pero, como carezco de credenciales, me limitaré a exponer mi teoría y os reservo a vosotros el juicio sobre ella.

Un verbo transitivo
Como todos los verbos de pensamiento, odiar es un verbo transitivo. Precisa de un objeto. Cuando alguien odia, odia a algo o a alguien.
Veamos un ejemplo reciente. Los ideólogos disfrazados de economistas o sociólogos nos han instruido últimamente para que odiemos a los pensionistas, una banda de egoístas insolidarios que han tenido la desfachatez de plantear que se les revaloricen las pensiones según el IPC, sin conformarse con el magro cuarto de punto que les lleva a perder poder adquisitivo cada año que pasa. Por citar sólo tres, los viejos amigos de esta página Juan Ramón Rallo y Gonzalo Bernardos o un tal Julio Carabaña[1].
Debemos odiarlos por pedir que cumplan lo que les prometieron. Al parecer son ellos los que nos roban, los causantes de que cobremos unos sueldos de mierda... Aquí entramos en una de esas disociaciones que tanto gustan a estos ideólogos de pacotilla. Sucede que los pensionistas no son una clase extraña a nosotros que nos exprime el jugo sino que son nuestros padres y abuelos que nos ayudan siempre que lo necesitamos, que suele ser a menudo. Supongo que se sienten mal y se ven en la necesidad de devolvernos algo de lo mucho que nos roban...
Porque este estado de cosas es insostenible: “Así, en Moncloa sostenían hasta anteayer que era imposible subir todas las pensiones lo mismo que el IPC, tachando la petición de “populismo letal” que pondría en riesgo el sistema mismo”.
Pausa. Hace tiempo que me hace mucha gracia que un partido que se apellida Popular utilice populismo como insulto pero, ya digo, me faltan credenciales de filólogo. Sigo:
“Pero la necesidad del disputado voto del nacionalismo vasco ha obrado el milagro. Y pelillos a la mar”[2].
Qué desperdicio, tanto odio derramado para nada...

Odiar se vuelve reflexivo
Este es el uso que yo no conocía, volcar el odio contra uno mismo. Lo más parecido eran las autocríticas que puso de moda Stalin y cuyo ejemplo más acabado para mi gusto fueron las del grupo peruano Sendero Luminoso. Las recomiendo sin reservas, creo que son un modelo de uso de la retórica que debería estudiarse, amén de divertidas si uno sabe dejar aparte el lado trágico.
Pero esas autocríticas eran siempre individuales, uno se acusaba a sí mismo por sus propios errores. Sí, es evidente que pueden calificarse de autoodio, pero últimamente hemos avanzado muchos pasos en muy poco tiempo.
Veamos por ejemplo un artículo de Octavio Salazar, publicado en eldiario.es el 28 de abril y titulado “Todos somos parte de ‘la manada’”[3]. Aquí me basta con reproducir las dos frases seleccionadas para acompañar al título porque indican el tenor del artículo:
― Todos nosotros, varones que desde que nacemos somos educados para el privilegio, formamos parte de ese orden que nos ofrece tantos dividendos
― Es por tanto responsabilidad nuestra desvincularnos de la manada, iniciar un proceso de reconstrucción personal y convertirnos en agentes para la igualdad
Es decir, vuelve el pecado original. La gentuza que portamos el cromosoma XY ― un poquito menos de la mitad del género humano ― somos culpables salvo que nos desvinculemos, reconstruyamos y convirtamos en agentes para la igualdad. Si no seguimos estos pasos, daremos mucho asco.
En los comentarios al artículo gente con sentido común le señalaba lo obvio: si tus padres te dieron una educación machista, es tu problema. Los míos no sólo no han tenido la desvergüenza de robarme el sueldo sino que tampoco han tenido la poca delicadeza de enseñarme que la mujer es un espécimen distinto a mí. No guardo un gran recuerdo del colegio “de curas” al que asistí doce de los años más largos de mi vida pero debo dejar claro que jamás escuché un comentario machista de boca de ningún profesor, fuera fraile o seglar. Las cosas como son.



Aclaración no requerida (y por tanto se puede interpretar como se quiera)
Para que nadie piense que me escondo, alguna impresión sobre el tema de la famosa manada. Por ejemplo, me llama la atención que algunas manifestantes que muestran su rechazo a la manada reivindiquen en carteles que “la manada somos nosotras”. Pensaba que eso de la manada era un concepto repugnante, al menos para mí lo es, resume casi todo lo que no me gusta[4]. Pero es que el feminismo de confrontación consigue efectos extraños, como que se alíen con él Ana Botín o unas monjas de clausura, es lo que tiene fiarlo todo al género...
Es el riesgo de aplicar una lente deformada a la visión. Aparte de este, el otro gran caso que recuerdo es el de Juana Rivas y los dos comparten la misma condición, la de mostrar una fachada con más agujeros que un queso de gruyere.
Sé que ninguno de los jueces que formaba el tribunal será jamás amigo mío, uno de los pocos privilegios que me quedan es el de elegir a mis amigos. Pero también tengo claro que su torsión argumental es posible porque la presentación del caso por parte de la defensa lo permite.

El otro día un canalla intentó violar a una chica de trece años en La Barceloneta. La cría se puso a dar gritos y a su llamada acudieron unos cuantos hombres (mucho me temo que ninguno de ellos desvinculado, reconstruido ni convertido en agente para la igualdad) que propinaron un severo correctivo al presunto violador y lo entregaron a la policía.
Si esta niña no obtiene una sentencia de acuerdo con la ofensa recibida que nadie dude de que estaré en la primera fila de la manifestación que se convoque. Y dispuesto a todo...




[1] Este es el sociólogo. Publicó un artículo en El País el 9 de abril con el explosivo título de “Pensionistas, egoístas y demagogos”, de contenido fácil de adivinar sin necesidad de leerlo. Por esta y otras hazañas similares se dice que el director de El País va a ser puesto de patitas en la calle próximamente (Fernando Cano: “Antonio Caño dejará de ser director de El País”, El Español, 27/04/18).
[2] Editorial sin firma: “Unas cuotas con sabor agridulce”, El Mundo, 27/04/18.
[3] Como chascarrillo, Octavio Salazar luce mucho más joven en la foto que acompaña al artículo que en la que ilustra su voz en Wikipedia.
[4] Lo mismo opino del término “hembra alfa” opuesto al de “macho alfa”, aunque este tenga una formulación más suave. Elena Soriano (1917 – 1996) hablaba sobre “el donjuanismo femenino” en un ensayo que no llegó a publicar en vida y que su hija remató de mala manera.

lunes, 26 de febrero de 2018

PANGLOSSIANOS (III): ROMPER LAS CADENAS DE LA ESCLAVITUD


Ha vuelto a suceder. Andaba yo en otras cosas y he topado con un artículo de opinión que se desvía un poco de las ilusiones optimistas de Rallo, por decirlo finamente. Este era el texto explicativo de su octavo gráfico: “libertades. Es cierto que las libertades se encuentran siempre amenazadas por muy variados enemigos. En la actualidad, de hecho, las sociedades occidentales han caído en la trampa de otorgar una hiperlegitimidad moral al Estado democrático, merced a la cual este puede conculcar impunemente las libertades de cada ciudadano. Sin embargo, también es verdad que en muchos otros órdenes la libertad sigue avanzando: cada vez existe un mayor respeto jurídico hacia la diversidad étnica religiosa, ideológica o sexual[1]. Como síntoma evidente de este creciente respeto hacia las libertades individuales podemos citar el número de países con leyes que admiten la esclavitud: formalmente, la cifra es igual a cero; materialmente, por desgracia, todavía subsisten regímenes enteros que esclavizan a su población. Como sucede con Cuba o Corea del Norte (pero, en todo caso, el número de esos regímenes radicalmente liberticidas también se ha reducido de un modo muy apreciable desde el derrocamiento del Muro de Berlín)”.
Y aquí el gráfico correspondiente:


Sí, lo sé, es muy zafio. Pero si en lugar de elegir la esclavitud elige alguna de “las libertades”[2] se arriesga a que el gráfico le salga rana. Lo importante para su propósito es encabezar un párrafo con la palabra Libertades y adjuntarle un gráfico que caiga en picado. Mi intención es no volver a ocuparme de él, precisamente por lo grosero de sus argumentaciones, así que aprovecho para apuntar otra de sus trampas favoritas: cuando se ocupa del medioambiente[3] su gráfico recoge la polución en el Reino Unido entre 1970 y 2015. Por supuesto, cae en picado, como no podía ser menos. Es evidente que la pérdida escandalosa de industria en Gran Bretaña ha conllevado una caída pareja de la contaminación, del mismo modo que a la postre ha llevado al triunfo del Brexit... Pero también es evidente que otro gallo cantaría si hubiera dedicado su gráfico a China o, sin ir más lejos, a Madrid y Barcelona.
El artículo me encanta porque lo escribe José Ignacio Torreblanca, que es poco sospechoso. Fue promocionado a jefe de Opinión de El País en 2016 por el director Antonio Caño, como parte de su intención de dar un profundo giro hacia la derecha al periódico.
Dice Torreblanca que hay “Malas noticias para los demócratas. Populistas y autócratas van ganando. Y de calle. Las democracias no solo son menos ― solo hay 87 países en el mundo que merezcan tal nombre, esto es, el 45% ― sino que además llevan una década en retroceso: según la organización Freedom House, desde 2006 113 países experimentaron algún tipo de retroceso democrático mientras que solo 62 mejoraron”[4].
Y es que dan un poco de penita estos defensores del ahora, más que nada por lo truculento de sus métodos. Lo cierto es que desde la crisis las cosas van mal. Los jubilados están preocupados por sus pensiones con toda la razón porque mientras este gobierno sigue apostando por el AVE no sabe cómo pagarles, la hucha ya no da más de sí[5]. Y frente a esto solo cabe el palo, dado que no hay argumentos. La democracia se deteriora y se deteriorará por falta de fondos.

Más de lo mismo
Aprovecho aquí para insertar otra nota referente a ese luminoso futuro que nos espera, en este caso referida a la robotización porque los economistas Daron Azemoglu ― del MIT ― y Pascual Restrepo ― de la Universidad de Yale ―, han presentado un trabajo de investigación sobre la incidencia de los robots en el empleo. Lo novedoso de su estudio es que no sólo evalúa el futuro sino que analiza lo ya hecho. Por citar una de sus conclusiones, “Un robot nuevo reduce el empleo en 5,6 trabajadores y los salarios en un 0,5%”.
Y ahora cito del propio artículo que lo recoge[6]: “¿Y qué hay de ese efecto positivo que también generaría en teoría la adopción de estas máquinas? Toda esa historia de la productividad y creación de otros puestos de trabajo... pues en principio, no aparece por ninguna parte, según los autores. Da igual si se busca por sectores, por tipos de trabajo/profesiones como por niveles de salario. No está. Y esas es una de las conclusiones más llamativas del estudio.
“Curiosamente y quizá sorpresivamente, no encontramos ganancias positivas de empleo que se compensen en otras ocupaciones o grupos con otro nivel de educación” (...) Los autores no aportan ninguna explicación al respecto, simplemente se limitan a constatar este “sorprendente” dato. Tampoco hay grandes efectos positivos vía PIB: “Nuestros cálculos implican un modesto incremento del 0,13% del PIB por el incremento de un robot por cada 1.000 trabajadores””.
Está claro, nunca hemos estado mejor que ahora. Sólo estaremos mejor en el futuro. Y el que no lo acepte es un llorica.
O el que se lo crea es un imbécil.






[1] “El gobernador de Bermudas aprobó el miércoles un proyecto de ley que revoca el derecho de las parejas homosexuales a casarse en el territorio británico de ultramar, a pesar de un fallo de la Corte Suprema que autoriza el matrimonio entre personas del mismo sexo el año pasado”, (Agencias): “Bermudas, el primer territorio del mundo en abolir el matrimonio homosexual”, La Vanguardia, 08/02/18. Como se suele decir, mierda para el profeta.
[2] ¿Puede trocearse la libertad en rodajitas, cual si fuera un chorizo?
[3] Con una jerga maravillosa: “A pesar de que las economías actuales no internalizan jurídicamente todas las externalidades dañinas para el entorno” (La gallina, que diría aquel...)
[4] José I. Torreblanca: “Dictaduras perfectas”, El País, 22/02/18.
[5] A día de hoy, en las líneas de alta velocidad se han invertido/derrochado cincuenta mil millones de euros. El AVE le ha costado más de 1.000 euros a cada español, lo utilice o no. En la cifra se incluyen bebés y desahuciados en camas de hospital.
[6] Rebeca Gimeno: “Robot, devuélveme mi curro”, El País, 21/02/18.

viernes, 23 de febrero de 2018

PANGLOSSIANOS (II): LA LETRA, CON SANGRE ENTRA


El mes pasado comentaba un artículo del entusiasta Juan Ramón Rallo en el que argumentaba que 2017 fue el mejor año para la Humanidad, sólo superado por el 2018[1].  No es que sienta una especial pulsión hacia una argumentación tan indigente, es sólo que he leído un artículo que me ha sorprendido y he llegado a Rallo por asociación de ideas. Sucede que el texto nuevo va sobre educación y de ella se ocupa Rallo en su séptimo gráfico con su habitual estilo tramposo.


El texto ilustrativo dice: “Séptimo: educación. La tasa de analfabetismo en el conjunto del planeta se halla en el nivel más reducido de la historia. Desde mediados del siglo XX, ha pasado de afectar a más del 60% de la población a hacerlo a apenas el 10%. Además, no solo es que cada vez más gente sepa leer y escribir: el número de años que las personas permanecen en el sistema educativo también está aumentando continuadamente, sobre todo en los países en vías de desarrollo”.
Y lo he recordado al leer otro artículo con un título rompedor: “¿Cuál es la mayor estafa del mundo? La educación”[2]. Cierto que, pese a que los integrantes de las mareas asocian sanidad y educación en un mismo lote, mi opinión personal es que la sanidad española es muy buena para los medios que tiene, mientras la educación me parece una soberana porquería. Sin buscar culpables, sólo juzgo los resultados con mi criterio absolutamente subjetivo, como es obvio.
Lo interesante en este caso es que su autor se encuentra en las antípodas de mi ideología, por eso me ha hecho gracia. Reproduzco los cuatro primeros párrafos y reconozco que son los más negativos, pero si me tomo la molestia de citar lo que reproduzco es para que quien quiera lo pueda leer entero:
Cada día, 1.500 millones de niños y jóvenes en todo el mundo acuden a edificios que se llaman escuelas o colegios. Y allí pasan largas horas en salones donde algunos adultos tratan de enseñarles a leer, a escribir, matemáticas, ciencias y más. Esto cuesta el 5% de todo lo que produce la economía mundial en un año.
Una gran parte de este dinero se pierde. Y un costo aún mayor es el tiempo que desperdician esos 1.500 millones de estudiantes que aprenden poco o nada que les vaya a ser útil para moverse eficazmente en el mundo de hoy. Los esfuerzos que hace la humanidad para educar a sus niños  y jóvenes son titánicos y sus resultados son patéticos.
En Kenia, Tanzania y Uganda, el 75% de los alumnos de tercer grado no sabe leer una frase tan sencilla como: “El perro se llama Fido”. En la India rural, el 50% de los alumnos de quinto grado no puede restar números de dos dígitos, como 46 – 17, por ejemplo. Brasil ha logrado mejorar las habilidades de los estudiantes de 15 años, pero al actual ritmo de avance les llevará 75 años alcanzar la puntuación promedio en matemáticas de los alumnos de los países ricos; en lectura, les llevará más de 260 años.
Estos y muchos otros datos igual de desalentadores están en el Informe sobre el Desarrollo Mundial del Banco Mundial. El mensaje central del informe es que escolarización no es lo mismo que aprendizaje. En otras palabras, ir al colegio o a la escuela secundaria, y hasta obtener un diploma, no quiere decir que ese estudiante haya aprendido mucho.
Fin de la cita, que diría Mariano. Su autor, Moisés Naím, fue Ministro de Fomento de Venezuela  en 1989, en el gobierno de Carlos Andrés Pérez, gran amigo de Felipe González.
En apenas una semana de ese año 276 opositores murieron a manos de la policía, según cifras oficiales. Otras fuentes hablan de 3.000 desaparecidos, son las jornadas conocidas como el Caracazo.  Líbreme el cielo de decir algo en favor de los bolivarianos pero si hubieran hecho algo parecido Chávez o Maduro habría que escuchar lo que diría la intelectualidad patria encabezada por Norberto Juan Ortiz, que es gran experto en la materia porque su última esposa es venezolana[3]...
Cierto es que Rallo se cura en salud y aunque titula su gráfico como Educación, en realidad habla de analfabetismo. Y entiendo que conoce la diferencia, para eso se ha creado el concepto de “analfabeto funcional”, que es el que nunca lee aunque sepa leer. En España, donde la tasa de analfabetismo está prácticamente en el cero, los analfabetos funcionales suman el 50%. La mitad de la población no lee. Nada. Ni siquiera mierda. No lee. No siente esa pulsión de acercarse a un texto...[4].
Por no entrar en algunos datos que ponen en cuestión las ideas de Rallo como que “En la Europa de mediados del siglo XVII había más centros escolares y alumnos que a mediados del XIX”[5].
La idea de progreso es bella y estimulante pero los de mi generación sabemos que viviremos peor que nuestros padres. Y los que saben de historia saben que la historia humana reducida a gráficas presenta un perfil de dientes de sierra. Una danza caprichosa que alterna pasitos hacia adelante y pasitos hacia atrás. Y aquellos a los que las gráficas les salen perfectas pues eso, mentirosos redomados...





[1] Y evidentemente el 2019, el 2020 ... 2030... 2050... 2090... Siguiendo su lógica, visto desde el siglo XXII el 2018 parecerá una soberana porquería, el puro subdesarrollo, y los que vivan entonces nos tendrán lástima, como muchos hoy se la tienen a los que vivieron épocas anteriores que desde mi modesto punto de vista resultan fascinantes. Como la Edad Media, por extraño que suene.
[2] Moisés Naím: “¿Cuál es la mayor estafa del mundo? La educación”, El País, 18/02/18.
[3] Si, claro, Bertín Osborne, el único intelectual que la derecha puede oponer al gran intelectual de la izquierda Jordi Évole.
[4] Y de los que leen, me abstengo de hacer clasificaciones que los fachorrillas podrían tildar de clasistas en su infinita desvergüenza. Con toda razón, por cierto...
[5] Jacques Barzun: Del amanecer a la decadencia. 500 años de vida cultural en Occidente (de 1500 a nuestros días), Taurus, (Madrid), 2001, p. 86. El libro es probablemente su obra maestra, lo que es mucho decir. Comenzó a escribirlo con 84 años y lo dio a la imprenta a los 92. La gran diferencia entre las ciencias y las letras es que los humanistas van edificando su saber a través de los años, por acumulación de lecturas y reflexiones, mientras los grandes avances científicos suelen nacer de la osadía y la intuición, cualidades asociadas a la juventud. Einstein publicó su teoría de la relatividad especial a los 25 años, la general diez años después y recibió el Premio Nóbel a los 42.

domingo, 7 de enero de 2018

PANGLOSSIANOS (I): CERTEZAS O ASÍ...


Hace un año me ocupé de ellos y si entonces parecían una tendencia marginal, en los últimos meses han cobrado fuelle y ya empiezan a ser letanía habitual  en algunos diarios. Me gustaría ocuparme extensamente de ellos y alguna cosa voy haciendo pero se aprende de los errores y no quiero prometer algo que no sé si estaré en disposición de cumplir.
El profesor Pangloss es un personaje del Cándido de Voltaire que proclama que “vivimos en el mejor de los mundos posibles”. El gran Voltaire se burlaba de Leibniz, que opinaba tal cosa, pero Leibniz había muerto en 1716 y casi cuarenta años después el devastador terremoto que sufrió Lisboa el primero de noviembre de 1755 hizo que muchos pensadores europeos se replantearan muchas cosas[1].
Últimamente florecen las llamadas al optimismo basadas en un único argumento: la humanidad nunca ha vivido tan bien como ahora y si somos pesimistas es porque el pesimismo vende mejor las noticias que el optimismo. Para empezar el año he elegido un ejemplo reciente pero si Fortuna me lo permite trataré de otros porque hay mucha tela que cortar. Se trata de un artículo escrito por Juan Ramón Rallo, aunque sólo me voy a centrar en uno de los diez gráficos que acompañan su texto.
Juan Ramón Rallo es un liberal. Y como a todos los que se definen así, tampoco le quedan mal los prefijos (neoliberal, ultraliberal, etc.). Tuvo su momento de notoriedad pública no hace mucho porque Rallo, como buen liberal, es de los que defiende que el Estado debe reducirse a su mínima expresión puesto que es ineficiente, dilapidador de recursos y todas esas cosas. El escollo surgió cuando le hicieron una oferta de Televisión Española para ir a discursear y la aceptó y unos cuantos le hicieron notar que aquello entraba en contradicción con su discurso. Hay que decir en su favor que acabó por renunciar.
El artículo de Rallo es un canto al optimismo, con el consiguiente tirón de orejas a los que estamos en el otro lado[2]. Por situar un poquito, el subtítulo dice “A pesar de todos los cenizos y agoreros que suelen copar las tribunas mediáticas, el mundo lleva varias décadas experimentando (gracias al capitalismo global) un progreso jamás antes visto” y la segunda frase dice, sin miedo a despeinarse, que “2017 fue el mejor año de la historia de la humanidad, pero 2018 será todavía mejor”. Y para probarlo incluye diez gráficos, de los que desdeñaré nueve y me centraré en uno, el quinto, por pura deformación profesional, como pronto entenderéis. Lo introduce con el siguiente texto:
Quinto: violencia. El progreso material y moral de las sociedades también se está dejando sentir en una menor propensión hacia la criminalidad. Las personas cada vez empatizan más con el prójimo ― y, merced al comercio, se vuelven más interdependientes ― y, por tanto, optamos por cooperar de buena fe antes que por extorsionar al vecino. Si, por ejemplo, nos restringimos a Europa y nos fijamos en una de las dimensiones más evidentes de la criminalidad ― el número de homicidios por cada mil habitantes ―, comprobaremos que esta se encuentra en el menor nivel de su historia.
Antes de ir con el gráfico habrá que ocuparse un poco del texto de presentación, porque las elecciones no son casuales. Eso de las bondades pacificadoras del comercio merecería capítulo aparte porque muchas guerras se han desatado por intereses comerciales, en especial las más modernas, pero dejémoslo para otra ocasión futura. Dice Rallo “si, por ejemplo, nos restringimos a Europa”. A ver, si estamos hablando del globo, ¿por qué nos hemos de restringir a Europa? Esta es una de las tácticas favoritas de estos sinvergüenzas: cuando conviene aplico el telescopio pero cuando me viene mejor utilizo el microscopio...
Pensando mal, los pesimistas fracasados nos podríamos preguntar por qué excluir de la visión a, digamos, Honduras, donde menores sin la menor instrucción se alquilan por cuatro chavos a una compañía de autobuses para lanzar cócteles molotov a los autobuses de la competencia sin importarles si churruscan a una docena de viajeros, y no es un ejemplo teórico...
Bien. Aceptemos la renuncia. Restrinjámonos a Europa. Ahora hay que hacer una nueva, ceñirnos al homicidio. Esta la ve hasta el más tonto: si en lugar de contar muertes violentas contamos homicidios nos quitamos de encima unas molestas decenas de millones que suman las dos guerras mundiales y los campos de exterminio y concentración. Sin salir de España, una Guerra Civil que no escaseó en muertos y al menos diez años de fusilamientos frecuentes que siguieron.
Con esto ya habría para decirle cuatro cositas al liberalete este, pero vayamos al gráfico.


Lo primero que cabe decir es que es un tanto zafio porque resume ochocientos años en unos pocos centímetros y el resultado práctico es que a la hora de ir a datar un pico o un valle se puede errar medio siglo tranquilamente. El gráfico empieza con una tasa de homicidios bastante alta, alrededor de 32 en el año 1200. Parece caer un poquito hasta vísperas de la Peste Negra y ahí repunta espectacularmente hasta el año 1400 en que se eleva por encima de 40, pero a partir de ahí cae a la mitad en un siglo. Desde 1500 a 1700 pasa de ese 20 a aproximadamente un ridículo 3, que en los tres siglos siguientes cae aún más hasta prácticamente fregar el cero. El problema es que por mucho que les busco explicación no consigo adivinar de dónde pueden haber salido las cifras que le dan forma.
Soy medievalista y durante unos años estuve investigando sobre un asunto muy interesante de la edad media burgalesa. Burgos es una de las ciudades españolas que conserva más documentación de época medieval y aún así Teófilo F. Ruiz, uno de los grandes conocedores del Burgos medieval, confesaba con honradez que su estimación  sobre su población en la edad media era una cifra más bien “mágica”. Porque los medievales nunca se preocuparon por contar a la gente. No hay ningún documento que se parezca ni de lejos a lo que pueda ser el padrón de hoy. Hay que proceder siempre de forma indirecta y, por tanto, sujeta a errores.
Por ejemplo, existen listas que recogen los diezmos que algunos lugares pagaban a la catedral de la que dependían[3]. Las diferencias entre las cantidades se puede entender que obedecen a la diferencia de población entre unos núcleos y otros y si de alguno, especialmente los más pequeños, se puede obtener algún dato también indirecto de otra fuente que permita estimar la población, aparece la tentación de traducir los maravedís en habitantes y multiplicar por la cantidad señalada a cada lugar. A falta de algo mejor, al menos podremos hacer una estimación, aunque evidentemente llena de riesgos. Por señalar alguno, entonces los pueblos salineros se podían considerar ricos. La sal era un bien preciado por escaso, al menos en el interior, y era una actividad que precisaba poca mano de obra. La riqueza por habitante era muy superior a la de los pueblos que se dedicaban a sembrar cereal (como se decía entonces, “tierras de pan llevar”) y aplicarles el mismo coeficiente basado en la relación maravedís / número de habitantes desvirtuará el resultado. Tampoco sabemos si las cifras consignadas en ese único documento corresponden a un año bueno, regular o malo. Por otra parte, al ser documentos elaborados no para hacer una estimación poblacional sino para satisfacer las necesidades de unos canónigos que vivían a muchos kilómetros de distancia, no tienen por qué ser completas. Bien pudiera ser que una vez reunida la cifra que estimaban necesaria se desentendieran del resto, como parece ser el caso burgalés. En resumen, al menos para la Edad Media es imposible saber con certeza cuál era la población europea. Si es difícil para zonas bien documentadas, imaginemos lo que puede ser para las que carecen de documentación relevante, que son muchas y muy amplias.
La situación mejora a partir de mediados del siglo XVI en el área católica porque el Concilio de Trento decreta la obligatoriedad de que las parroquias lleven libros de bautismo y defunción, lo que ya se parece a un documento demográfico porque prácticamente toda la población se bautizaba y enterraba bajo el rito católico. Aún así, mucha documentación parroquial se ha perdido por culpa de guerras, incendios, inundaciones o simple negligencia en la custodia. Basta con que una sacristía arda durante un par de horas para que se pierda la información de cuatro siglos... Pero habrá que esperar a la creación de estados modernos, a partir del siglo XIX, para que surja la preocupación por contar a la gente de manera metódica y más o menos fiable y aún así con diferentes ritmos, según las posibilidades de cada país. Los escandinavos fueron los pioneros, como en tantas otras cosas.
Y si hasta el siglo XIX en el mejor de los casos no podemos decir nada con seguridad sobre la población de un territorio, ¿qué podemos decir sobre el índice de homicidios por cada cien mil habitantes?
Absolutamente nada, claro está. Es una cifra imposible de calcular con un mínimo de rigor y ningún historiador serio se ha dedicado a ello. Todo lo que se pueda decir sobre la criminalidad nace de datos cualitativos, no cuantitativos. Hay documentos especialmente locuaces que nos pueden mostrar una pincelada esclarecedora sobre un tiempo y un lugar, pero no se pueden generalizar más allá del tiempo y lugar al que aluden. Es así de simple y de desesperante.
Se puede decir en voz bien alta: las tasas de homicidios en Europa que presenta Rallo ― citando como fuente un Eisner, 2003 del que, como dijo aquel, ni sé ni curaré de lo saber ―, son pura invención.
Porque además van en contra de lo poco que se sabe con una mínima certeza. Por ejemplo, la tasa entre 1350 y 1400 no debería subir sino bajar porque, por paradójico que parezca, el periodo posterior a la Peste Negra de 1348 fue paradisiaco para los supervivientes. Porque la escasez de población permitía que los asalariados consiguieran mejoras espectaculares en su sueldo porque no había otro que fuera a hacer su trabajo cobrando menos. Para los que querían probar por su cuenta, había montones de tierras disponibles para trabajar y sitio de sobra para engordar ganado. Según una estimación[4], los campesinos alemanes consumían entonces cien kilos de carne por persona y año, una cifra a la que aún no ha conseguido llegar el capitalismo global y nunca lo conseguirá, pese lo que le pese a Rallo.
Habría más cosas que añadir sobre este gráfico ridículo. Por ejemplo, por qué esta gráfica empieza bastantes siglos más atrás que las otras nueve, pero no merece la pena, es un engañabobos.

Más quisiera recalcar que, según Rallo, hoy la criminalidad “se encuentra en el menor nivel de su historia”.  Pero cuando yo era pequeño los niños íbamos y volvíamos solos del colegio y jugábamos en la calle durante tardes enteras sin padres cerca. Ahora eso es inconcebible, por desgracia para los niños de hoy, pero aquí entra en juego otra de las disociaciones de Rallo: si objetivamente los niños están más seguros en las calles hoy que hace cuarenta años, ¿quién ha metido el miedo en el cuerpo a los padres?
Pues, curiosamente, los optimistas.






[1] Es una de las fechas clave para la extensión del ateísmo. Portugal era uno de los reinos europeos más devotos y no sólo le cayó esa desgracia encima sino que sucedió en una fecha importante del calendario católico, el Día de Todos los Santos. Por supuesto, cabía la eterna justificación de que Dios castigaba a los portugueses por sus pecados, pero parecía haber otros reinos más propensos al castigo que el pequeño y ensimismado Portugal...
[2] Juan Ramón Rallo: “Diez gráficos que muestran que el mundo progresa imparablemente”, El Confidencial, 29/12/17.  Espero tener tiempo y fuerza para hacer una crítica más profunda a este movimiento pero de momento apunto aquí que si la mayoría de creyentes de esta nueva fe son Pinkertianos, este parece ser Norbergiano, pues en vez de citar al padre fundador cita a un tal Johan Norberg, un economista sueco.
[3] Se conservan listas de ese tipo para las diócesis de Ávila, Segovia y Burgos redactadas hacia 1250. La lista de Burgos es bastante incompleta, faltan muchísimos lugares documentados en otras fuentes de fecha cercana.
[4] Como se ve, esta es la palabra mágica cuando se trata de aportar datos referidos a la Edad Media.