jueves, 6 de agosto de 2015

EL GUSANO EN LA MANZANA

Esta página estuvo en silencio más tiempo del que me hubiese gustado y el motivo se resume en dos frases bien conocidas: El que mucho abarca, poco aprieta y No empieces lo que no puedas terminar. Porque mi propósito original era demostrar que el capitalismo y por extensión , la sociedad a la que da forma, o bien están estancados, o en decadencia, o puede que al borde de la muerte.
Como es fácil comprender, es una tarea difícil y complicada que diría aquel , pues es una suposición que va en contra de la opinión general y para presentarla hay que desmontar muchas ideas que se encuentran firmemente arraigadas. Así que, tras mucho pelear con él, he decidido abandonar el plan general y contentarme con dar brochazos aquí y allá, con la intención de pintar un cuadro que tenga una cierta coherencia, salvo un asunto sobre el que me extenderé un poco más y que requerirá su propia entrada.
Para empezar, una impresión. A diferencia de lo que parece indicar el sentido común, las sociedades en decadencia grave suelen ser muy sofisticadas. Basta pensar en el significado que damos en castellano a palabras como “bizantino” o “rococó”, que reflejan el refinamiento que mostraban dos sociedades heridas de muerte. Pienso en ello cuando veo la perfección inútil de muchas aplicaciones de teléfono móvil, por poner un solo ejemplo.
En el pasado ha habido sociedades estáticas y sociedades que necesitaban expandirse. La sociedad medieval era estática en su teoría, aspiraba a conservar un orden que creía eterno, y fueron sus tendencias expansivas las que acabaron con ella. Por decirlo de forma sencilla, la llegada a América supuso una contradicción con sus ideales que fue imposible de resolver. Por contra, el Imperio Romano, que se fundaba en el aporte continuo de esclavos, acabó por contraerse hasta desaparecer, precisamente por no haber encontrado su América.
El capitalismo es un sistema expansivo, como el romano. A menudo se le compara con una bicicleta: o avanza o se cae. La raíz de esa necesidad de expansión continua se encuentra en la obtención de beneficio. Para aumentar el beneficio hay que crecer, pero cualquier crecimiento tiene límites, de modo que tarde o temprano aparecerá un freno.
El beneficio fue el gran motor de la expansión capitalista, el que por seguir con la imagen , acabó por llevarle a descubrir Américas en la propia América, en África y en buena parte de Asia. Un magnate de la época podía poseer minas de cobre en Iberoamérica, plantaciones de cacao en África Occidental y de caucho en el sur de Asia y dedicar parte de sus ganancias a comprar el arte europeo que se le antojase sobornando a curas codiciosos y analfabetos o aportando un poco de liquidez a aristócratas sin descendencia, corroídos por enfermedades contraídas en burdeles.
Sin embargo, era una carrera en la que no podían ganar todos, lo que obligó a desarrollar el concepto de competencia como algo sano y enriquecedor, algo que obligaba a aguzar el ingenio. Un acicate a la creatividad, en suma. Joseph Alois Schumpeter uno de los grandes teóricos del nuevo sistema , escribió que la destrucción capitalista era una destrucción creadora[1].
Tenemos aquí planteados los tres elementos que dan forma al capitalismo: el beneficio, la expansión y la competencia entendida como creatividad , y se diría que hoy ninguno de ellos corresponde a la idea con la que fue concebido.

Comerse los frutos en flor

Es un lugar común que el objetivo de cualquier empresario es la obtención del máximo beneficio. Es una frase que ha servido para justificar muchos desmanes pero que, en teoría, también tenía su parte positiva. La explicaba como si fuera un cuento , un ideólogo, viejo representante del liberalismo más clásico, al que regalaron un programa en la TVE de Aznar[2]. Defendía la privatización de los mares, con el argumento de que los concesionarios serían los primeros interesados en mantener la diversidad marina, para no perder los caladeros de pesca. Por supuesto, bien sabía él que estaba mintiendo pues, al mismo tiempo, explicaba las bondades de la globalización, que es el concepto que ha acabado con esa visión del capitalismo que remite a cincuenta, setenta o cien años atrás[3].
Porque, desde hace unas décadas, la obtención del máximo beneficio se ha transformado gradualmente en la obtención del máximo beneficio inmediato. Por no abandonar el sector primario, frente al ejemplo virtuoso (y totalmente ficticio) de los privatizadores del mar que cuidarían de él para poderse aprovechar de su riqueza en años posteriores, está el ejemplo real de los madereros de la cuenca amazónica.
La selva del Amazonas encierra en sí una enorme contradicción: siendo como es el lugar que alberga la mayor concentración de vida vegetal y animal del planeta, sus suelos son muy pobres. Llamados lateríticos (de la palabra ladrillo), sólo mantienen su fertilidad por el riquísimo aporte de materia orgánica que reciben, gracias a la descomposición continua y abundante de plantas y animales. Por tanto, un aprovechamiento inteligente de su riqueza maderera tendría la forma de una entresaca, el sistema aplicado en Europa durante siglos, una tala controlada que nunca pone en peligro la subsistencia del propio bosque, pues está calculada de acuerdo con sus posibilidades de reproducción, de forma que los bosques a los que se aplica subsisten cientos de años sin perder su tamaño. Esa sería la obtención ideal del máximo beneficio, extraer el máximo sin poner en riesgo el conjunto.
Sin embargo, sabemos que en la cuenca amazónica las cosas no se hacen así. Las talas son indiscriminadas, se arrasa con todo y, una vez que la tierra está vacía de árboles y otro tipo de vida, se instalan en ella campesinos que tratan de cultivarla por medios tradicionales para acabar por abandonarla a los cinco años, una vez que son conscientes de que esa tierra, sin su aporte de nutrientes, es pasto de la erosión y se vuelve completamente estéril.
Frente a la teoría bondadosa, los madereros no tienen ningún interés en conservar el ecosistema pues, una vez arrasada su porción de selva, saben que podrán invertir sus beneficios en comprar una parte en cualquier negocio rentable que les ofrezca el planeta, bien sean minas de oro, alquileres de pisos, cosechas de maíz o teléfonos móviles. El beneficio inmediato socava las propias raíces ideológicas del capitalismo, al ir estrechando sus oportunidades de negocio.

Rebañando el fondo del caldero

La expansión del capitalismo se amoldó a la teoría hasta que llegó la descolonización, allá por los años sesenta. Mientras tuvo a sus ejércitos detrás  se había dedicado a la extracción de materias primas de las colonias, y basta ver un simple mapa de los ferrocarriles africanos de entonces para comprobar que básicamente se dirigían desde las minas o plantaciones al puerto más cercano, a veces con un ramal que unía la capital administrativa a la costa cuando la ciudad estaba situada tierra adentro.
El paso siguiente debería haber sido crear un mercado interior, como se hizo en Europa. Establecer fábricas que produjeran bienes para ser consumidos allí y vías de comunicación para el transporte de mercancías y personas. Las ciudades se desarrollarían y acabaría por aparecer una nueva clase con capacidad de consumo, la famosa clase media. Pero renunciaron a hacer esa inversión y, simplemente, los grandes grupos se aseguraron de que el suministro de materias primas estuviera garantizado, con la colaboración entusiasta de las élites locales y sus nuevos ejércitos, que tampoco tenían mucho interés en el proyecto de desarrollo de sus gobernados. Renunciaron a un posible mercado de cientos de millones de consumidores y decidieron centrarse en el que ya tenían.
Mala combinación. Un espacio cerrado para un sistema expansivo, su única manera de perpetuarse es extraer más de los que están dentro, porque la teoría dice que hay que aspirar al máximo beneficio. Tuvieron que inventar necesidades desconocidas hasta entonces, como el dentífrico para niños con dientes de leche, y no faltaron médicos que respaldaran tal absurdo. Para el otro extremo de la pirámide de edad que tampoco consumía demasiado, los ancianos, se inventaron las preferentes y basuras financieras similares, vestidas como si fueran inversiones magníficas. O se trataba de normalizar negocios hasta entonces vergonzantes, como la pornografía, aunque Internet acabó con el intento. La popularidad de Nacho Vidal da fe de la amplitud de la operación. Trataron de ampliar el negocio a lo largo y a lo ancho, pero eran intentos vanos. Rascar los extremos no garantiza un 3% de crecimiento anual...
Entonces los ideólogos, que viven en el mundo limpio de la teoría, decidieron que una vez expandido el mercado al máximo, sólo cabía reducir los sueldos de los empleados para mantener la tasa de beneficio, sin darse cuenta de que esa mayoría de asalariados conforma la mayoría de consumidores, que calzan los mismos zapatos. Consiguieron que sus consumidores ideales cada vez tuvieran menos dinero para gastar.
Así que hubo que trasladar la producción de mercancías a lugares más baratos. Primero fueron los países del Este, después China y, por fin, lugares aún más baratos, como las cárceles chinas... Después de eso, obviamente, nada. Otro callejón sin salida.

¿”El hombre es un lobo para el hombre”  o “Entre bueyes no hay cornadas”?

¿Qué se hizo de la competencia, el gran dinamizador del sistema? El asunto de la competencia es el que aparece menos claro a simple vista. Por un lado hay acusaciones de que empresas del mismo gremio pactan los precios en secreto. En el ámbito provincial las autoescuelas son un clásico y en ámbitos estatales son los grandes proveedores de servicios telefónicos. Por otro se denuncia a conocidas multinacionales por vulnerar las reglas y aprovecharse de su tamaño para imponer su ley.
Porque hay comisiones y tribunales que velan por el cumplimiento de las leyes de la competencia y, según la teoría del capitalismo, habrían de ser innecesarios, pues la famosa mano invisible del Mercado debería regularla de modo óptimo sin necesidad de más. Pero es evidente que esa mano sabia jamás ha funcionado. Los Estados Unidos de América en teoría los mayores defensores del “libre mercado” llevan más de un siglo aplicando aranceles a las mercancías extranjeras más baratas que las propias y subvencionando sus sectores menos competitivos, como la agricultura. Y su alumno más tonto, la Unión Europea, les sigue de cerca con su PAC[4], que atenta contra todas las políticas “liberalizadoras” que muestran con la otra mano, como trileros vulgares. En cualquier caso, por defecto o exceso, el dogma de la libre competencia tampoco parece gozar de buena salud.

Pues no, el cuadro no tiene ninguna coherencia. Según informa Cinco Días en su portada del 20 de julio, “Los buenos datos sobre la marcha de la economía en el mundo y en España configuran un horizonte bastante despejado para las empresas”. El titular es Tres años de vacas gordas. Tres años. Mil tristes días que pasan volando... ¿Y después qué?[5]




[1] Dos apuntes inquietantes. La frase se parece demasiado a una anterior del anarquista Bakunin (que, dicho sea de paso, he leído en varias versiones diferentes) acerca de que la violencia revolucionaria tenía “un matiz creador” y el propio Schumpeter predijo el fin del capitalismo que, como se diría hoy, moriría de éxito.
[2] Pedro Schwartz, que fue dirigente del partido en el que se estrenó Esperanza Aguirre. Como curiosidad, Pedro Schwartz significa Pedro Negro.
[3] No sé si en este caso tiene mucho sentido plantearse el dilema gallina huevo, pero entiendo que aquí fue primero el hecho la expansión mundial del capital financiero, que no productivo ―, y tras él vino su justificación teórica, las mundializaciones y globalizaciones con las que tanto nos dieron la paliza en el cambio de siglo.
[4] La Política Agrícola Común se aplica de dos formas: a través de subvenciones y de compra de excedentes. El sistema de subvenciones muchas veces valora la extensión sobre la producción, con lo que sus grandes beneficiados acaban siendo gente muy necesitada de ayuda como la fallecida Duquesa de Alba o Mario Conde. La compra de excedentes conlleva la destrucción de enormes cantidades de alimentos o su venta a precio de ganga en otros países cuyos mercados interiores desequilibra.
[5] Al calor de las informaciones sobre esa extraña debacle que padecen estos días sus bolsas, comienza a hablarse de una caída del crecimiento del PIB chino. Como ya comenté en otra entrada, su 7% anual que tanto alabó Rajoy era estar a las puertas del desastre. Cerremos los ojos...

lunes, 20 de julio de 2015

¿QUIÉN DIJO IMPOSIBLE?


Alexis Tsipras acababa de convocar el referéndum y en la radio entrevistaban a un cargo municipal del PP. No recuerdo su nombre ni el de la ciudad a la que decía representar, pero sí que al acabar la última pregunta que era de ámbito estrictamente local aprovechó para soltar algo así como “lo que está pasando en Grecia es culpa de que allí gobierna un partido que es como Podemos”. Era tal su vehemencia que pensé que peperos y podemeros no podrían ponerse nunca de acuerdo en nada[1]. ¡Cuánto me equivocaba!
El 1 de julio El Mundo informaba de que “Las Cortes gastan 64.200 euros en 99 iPhone 6 para sus diputados”. El artículo decía que La mesa de las Cortes Valencianas, compuesta por todos los grupos de la Cámara PP, PSPV, Compromís, Ciudadanos y Podemos ha aprobado un gasto de 64.200 euros para la compra de 99 terminales de ihone  (sic) 6 de 16 GB para todos los diputados del Parlamento valenciano, a una media de 648,48 euros por aparato. Como detalle, el informe de informática avisaba de que el previsible desajuste de la facturación se deberá regularizar al final de dicho periodo, a finales de octubre de 2015. En lenguaje comprensible, que la factura iba a ascender a mucho más que esos 64.000 euros...
Hubo escándalo de la ciudadanía votante y contribuyente, así que nuestros representantes salieron a justificarse. El mismo periódico publicaba otra pieza titulada “El presidente de las Cortes dice que la compra de 99 iPhone responde a la ‘necesidad de comunicarse’”. Leyéndola aprendemos que El presidente de Les Corts Valencianes, Francesc Colomer, ha manifestado hoy que la decisión (...) forma parte del “operativo y de la necesidad de comunicarse los diputados”. (Esta es buena. Operativo, según la Academia, es “que obra y hace su efecto”, “preparado y listo para ser utilizado o entrar en acción” u “organización para acometer una acción”. La “necesidad de comunicarse los diputados” parece pueril estando reunidos en la misma sala, pero quizá quería decir otra cosa y no sabía cómo). Prosigue el artículo: el portavoz adjunto de Compromís en Les Corts, Fran Ferri, ha señalado también que fueron los servicios técnicos los que aconsejaron la opción del iPhone 6 por motivos de “seguridad, encriptación y durabilidad”, y que la compañía ofrece gratuitamente el aparato si no se pasan del gasto. “Fueron los servicios técnicos”... Cómo me ha recordado esta frase al debate televisado Zapatero-Rajoy cuando el entonces presidente echó en cara al ahora presidente lo de los “hilillos de plastilina” del Prestige y este respondió con voz destemplada “yo dije lo que me dijo un técnico”. Por otro lado, mientras decía esto, Fran Ferri ya sabía que “el informe de informática” dejaba claro que se iban a “pasar del gasto” sí o sí.
En El País del mismo día, en un artículo titulado “Polémica por la compra del iPhone 6 para los diputados valencianos”, nos informaban de que El portavoz socialista Manuel Mata no ha ocultado su irritación por las críticas que, en su opinión, dificultarán el trabajo de los diputados y las relaciones con los ciudadanos: No podemos trabajar sin encriptación y el retraso en la compra de los ordenadores impedirá que los ciudadanos puedan enviar correos a los diputados a su e-mail corporativo.  ¿Por dónde empezar a glosar esta joya de la oratoria? Me encanta el lapsus del “e-mail corporativo”, reconoce que los partidos existentes (y seguramente por existir) no funcionan sino como empresas, que es la traducción más adecuada para corporate[2]. Después está lo de las “relaciones con los ciudadanos”. Sí, sé que en algún país hay representantes elegidos por una circunscripción que, según se dice, votan resoluciones siguiendo el parecer de sus representados. No es el caso español. Aquí cada representante de un partido vota lo que decide su jefe de grupo y cuando no es así, se convierte en noticia y, desde luego, muy poco común.
La “prueba del nueve” es la irritación. Hace tiempo que tengo comprobado que, en una discusión, el que parece más enfadado es el que menos razón tiene.
Hasta aquí la piña de la mesa de diputados defendiendo lo indefendible. Y en esto llegó Internet... Bastaron unas cuantas críticas vía Twitter para que los que, como un solo hombre, defendían la medida, renunciaran a ella, del tranquilo al airado, del técnico al excéntrico, del elevado desde el fango hasta el chico de casa buena[3]...
Pareciendo imposible, al final resultó bastante fácil ponerles de acuerdo.




[1] Ahora se ha puesto de moda la palabra podemitas para denominar a los seguidores de Podemos. No me gusta. No sé de dónde deriva pero apostaría a que, o bien sigue el mismo camino que lleva de Jesús a jesuitas, o bien hunde sus raíces en las denominaciones de las tribus de la Biblia. Me sonaría mejor podemistas, pero reconozco que es un capricho.
[2] El diccionario Collins da primero “corporación” y después “sociedad anónima”. Si vamos al de la Academia, corporación es “organización compuesta por personas que, como miembros de ella , la gobiernan” (que no es el caso, pues todos los partidos se gobiernan de otro modo, un afiliado de base no gobierna nada...) y “Empresa, normalmente de grandes dimensiones, en especial si agrupa a otras menores”.
[3] Quien quiera más detalle puede acudir a Sabemos Digital y su artículo “Cómo twitter marca una agenda política: El caso del iPhonegate del gobierno valenciano”.

ANÓNIMO (Hacia 1974)


viernes, 17 de julio de 2015

DE BUENOS Y MALOS

No es fácil escribir sobre asuntos históricos, aunque muchos novelistas medianejos se crean capacitados para ello. Por un lado está la necesidad de simplificar. Los procesos humanos son largos, complejos y llenos de matices, si se explicaran como fueron, con todos sus detalles, sus vacilaciones y sus contradicciones, resultarían incomprensibles. Así pues, hay que aligerar la cantidad de información hasta encontrar la línea que conduce de un hecho a otro sin caer en una simplificación grosera. Por otra parte, la Historia sólo puede construirse mirando hacia atrás, del presente al pasado. Por supuesto, es una obviedad, pero conlleva un peligro del que es difícil escapar: buscar en el pasado la justificación del presente. Dar importancia a aquello que se parece a lo que tenemos y olvidar lo que hubiera llevado a otros escenarios. Hay que ser muy competente para evitar ambas trampas y, sobre todo, hay que tener voluntad de evitarlas. No es el caso de nuestra historia contemporánea, que recuerda más a una película clásica del Oeste, con sus buenos y malos claramente diferenciados y fáciles de distinguir.

En el año 2006, con motivo del estreno de la película Salvador, Salvador Puig Antich y el MIL recibieron un poco de atención de los medios de masas. Salvador ha conseguido su pequeño espacio porque él y Heinz Chez un “delincuente común” que había matado a un guardia civil en un camping de Tarragona , fueron los últimos ejecutados con el garrote vil (hasta el momento, claro, todo puede empeorar)[1]. Salvador basada en un libro bastante superficial del periodista Francesc Escribano, una estrella de TV3 , hacía hincapié en varios puntos que, en realidad, son bastante dudosos. Veamos alguno. Salvador enfrentó el garrote porque en el tiroteo que siguió a su detención murió un subinspector de la Brigada Político Social, que era lo peor de lo peor del régimen franquista. Es cierto que nunca se probó que las balas de su pistola mataran al policía, entre otras cosas porque los compañeros del muerto requisaban las balas según iban siendo extraídas de su cadáver y de ellas nunca más se supo, algo debían temer. Pero también es cierto, y el propio Escribano lo refleja en su texto, que los miembros más activos del MIL habían jurado no dejarse atrapar vivos. Así que es muy probable que Salvador no matase al subinspector, dado el afán de sus colegas por hacer desaparecer los proyectiles, pero también es muy claro que no le hubiese pesado demasiado.
Otro atractivo para el movimiento de la Memoria Histórica, que en el 2006 estaba en su apogeo, era presentarlo como un antifranquista asesinado en virtud de leyes injustas. Sólo que el MIL no era antifranquista sino anticapitalista, y ellos dejaban muy claro en sus textos que atacaban al régimen de Franco porque era la forma que adoptaba el capitalismo en España en ese momento.
Las hermanas de Salvador aprovecharon entonces para pedir la anulación del consejo de guerra que, por supuesto, no les fue concedida , basándose en esos motivos antifranquistas tan contrarios a la ideología de su hermano. (Y que conste que el reproche a la incomprensión de la ideología de Salvador convive con el mayor respeto hacia la determinación y el valor personal que han demostrado siempre: el día que fue detenido, cosido a balazos, se las ingeniaron para colarse en el hospital, acercarse lo suficiente a su habitación y gritarle un “Salvador, estamos aquí” que él oyó y, sin duda, le debió emocionar[2]).
Esto fue hace nueve años y se lo ha llevado el viento, aunque aún me resuenan en los oídos los gritos aterradores de Isabel San Sebastián diciendo “¿y el policía? ¿y el policía?”.

Pero el momento de Salvador acabó por pasar junto con su película y volvió el olvido. Apenas ha quedado memoria de aquello. En la época de las redes sociales, lo que sucedió esta mañana es pretérito indefinido. Debemos, pues, acudir a las historias canónicas. Tomemos una de ellas donde, como diría aquel, es más el papel que la erudición[3]. Siguiendo la misma tónica del libro de Escribano y la película de Huerga basada en él, se dedican tres páginas a la muerte de Salvador pero apenas un párrafo al MIL: “(Movimiento Ibérico de Liberación), una organización de base libertaria que, al parecer, nunca llegó a contar con más allá de una quincena de militantes. El grupo había nacido al comenzar la década de los setenta con la intención de apoyar “las luchas y las fracciones más radicales del movimiento obrero de Barcelona”; pero lo más que llegaron a hacer fue algunas “expropiaciones” a entidades bancarias para ayudar a los huelguistas”. Salvo error por mi parte, esa es toda la información sobre el MIL que contiene esta biblia.
Por contra, la información sobre la Asamblea de Cataluña[4] es mucho más abundante e incluye un capítulo con ese título, dividido en epígrafes fascinantes como Un semáforo llamado Teresa, Cinco horas para entrar en una iglesia o La gitana detenida por los conspiradores. Porque, a diferencia del MIL, una docena de locos que atracaban bancos, la tal asamblea era nada menos que la reunión de todos aquellos que, muerto Franco, pactaron con los restos del Franquismo para repartirse el poder y  legitimarse mutuamente. Allí estaban desde el representante de Pujol hasta el PSUC que con el tiempo fue a dar en Izquierda Unida y todo lo que había entre medio, los que realmente escribieron la Historia.
Así que mientras leía las memorias de Jann-Marc Rouillan, que fue miembro del MIL, no he podido aguantar la risa cuando recuerda que en el otoño de 1971 fue invitado a una reunión con “el responsable de la Assemblea de Catalunya que, a su vez, era el dirigente “clandestino” del partido socialista”. Un médico que vive en un lujoso piso del Eixample y se hace servir por dos criadas uniformadas. (Emigrantes, claro, pero andaluzas o murcianas, entonces no se necesitaba permiso de residencia para estos trabajos). Y que, por cierto, había hecho la guerra como oficial en el ejército franquista.
¿Qué quería la pulcra Asamblea de Cataluña de estos delincuentes desviados? Una petición muy concreta que no necesita grandes palabras para escribirse: que les financiaran con cincuenta millones de pesetas[5].

¿Cuánto dinero reunió el MIL con sus atracos? No es fácil dar una cifra. Según Antonio Téllez serían unos diez millones y según Telesforo Tajuelo, veinticuatro. Téllez parece basarse en el libro de Carlota Tolosa y Telesforo Tajuelo parece demasiado optimista. En mi opinión la cifra más adecuada es la de Tolosa, que consigna las fechas y lugares de los atracos y la cantidad obtenida en cada uno. Siguiendo su relato, el MIL habría obtenido unos diecisiete millones de pesetas, de los que alrededor de cinco se perdieron, un millón trescientas mil por confiar en quien no debían y el resto por imprevistos y problemas en las fugas[6].
No era moco de pavo para un año de golpes según los servicios secretos, en trece años de actividad ETA había recaudado “una cantidad de dinero que es aproximadamente de veinte millones de pesetas”[7] , pero, desde luego, estaba muy lejos de las fabulosas sumas de dinero que los chicos buenos de la Asamblea imaginaban en sus delirios.

En sus memorias Rouillan recuerda que estaba en su celda de la prisión de Muret viendo en TVE “la reemisión de un culebrón muy popular al otro lado de los Pirineos: Cuéntame cómo pasó. (...) El episodio tiene como fondo el regreso del tío de Francia. En la estación, debe entregar una maleta a un contacto de la Resistencia, pero se cruza con la mirada inquisidora de dos grises y se va asustado. De repente, la maleta se encuentra en la mesa, justo en medio del salón familiar. El padre decide abrirla: está llena de billetes de mil. La mujer y la abuela dan marcha atrás santiguándose.

El padre musita en voz baja:
Pero... Me cago en la leche... ¿En qué lío te has metido? Joder... ¿Qué coño es este puto dinero?
Y el tío responde:
¡Es dinero del MIL!
Casi cuarenta años más tarde, el dinero del MIL sigue siendo como un viejo El Dorado”[8].

Por otro lado, su traductor nos informa de que el dirigente de la Asamblea con el que se entrevistó, el socialista converso desde las filas de la oficialidad guerrera franquista, era Felip Solé i Sabarís, tío de algún miembro del MIL y padre del catedrático de historia Josep Maria Solé i Sabaté, lo que no parece un detalle insignificante[9].





[1] Hoy va a ser el día de los seudónimos. Heinz Chez se llamaba en realidad Georg Michael Welzel y no era polaco, como se dijo, sino alemán. Las autoridades franquistas sabían la verdad, por qué no ofrecieron su identidad real sigue siendo un misterio.
[2] Carlota Tolosa: La torna de la torna. Salvador Puig Antich i el MIL. Empúries, Barcelona, 1999, p. 85. Carlota Tolosa es el seudónimo colectivo de un profesor y nueve alumnos de quinto de Periodismo del curso 1983 – 1984 de la Universidad Autónoma de Barcelona.
[3] Fernando Jáuregui y Pedro Vega: Crónica del antifranquismo 1939-1975. Todos los que lucharon por devolver la democracia a España. Planeta, Barcelona, 2007 (aunque al parecer la primera edición es de 1983, pero no queda muy claro). Se extiende a través de 1.117 páginas.
[4] Nada que ver con la ANC de hoy día, salvo su afán de querer representar a todo el mundo sin pedirle permiso primero.
[5] Jann-Marc Rouillan: De memoria (II) El duelo de la inocencia: un día de septiembre de 1973 en Barcelona. Virus, Barcelona, 2011, pp. 141-144.
[6] Antonio Téllez Solá: El MIL y Puig Antich, Virus, Barcelona, 1994, Telesforo Tajuelo: El Movimiento Ibérico de Liberación, Salvador Puig Antich y los grupos de Acción Revolucionaria Internacionalista. Teoría y práctica 1969-1976. Ruedo Ibérico, (s.l.), 1977, p. 39.
[7] Federico de Arteaga: “ETA” y el proceso de Burgos (La quimera separatista). E. Aguado, Madrid, 1971, p. 350. Federico de Arteaga era el seudónimo colectivo del grupo del Servicio Central de Documentación (SECED) que dirigía José Ignacio San Martín.
[8] Jann-Marc Rouillan: De memoria (III) La breve etapa de los GARI: Toulouse 1974, Virus, Barcelona, 2015, pp. 62s. Las palabras en cursiva están en castellano en el original.
[9] De memoria (II), p. 144, n. 18. El traductor es Didac P. Lagarriga. Sobre la honestidad intelectual de Josep Maria Solé i Sabaté sólo daré una pista: Prologó un libro sobre Oriol Solé al que Sergi Rosés hizo algunas objeciones.

lunes, 25 de mayo de 2015

ELOGIO DE LA QUIETUD

I.
Aunque se han ensayado algunas fórmulas más o menos lunáticas para definirla como la impagable Sociedad del conocimiento y la información , el nombre más exitoso para definir a nuestra extraña época es el de Sociedad de consumo. Visto en perspectiva, no deja de ser sorprendente si se investiga la historia de la palabra: “El término “consumo” tiene raíces etimológicas tanto inglesas como francesas. En su forma original consumir significaba destruir, saquear, someter, acabar o terminar. Es una palabra forjada a partir de un concepto de violencia y, hasta el presente siglo, [se refiere al siglo XX] tenía tan solo connotaciones negativas. A finales de los años 20 la palabra se empleaba para referirse a la peor de las epidemias del momento: la tuberculosis. En la actualidad [1994] el americano medio consume el doble de lo que podía consumir a finales de la segunda guerra mundial. La metamorfosis del concepto de consumo desde el vicio hasta la virtud es uno de los fenómenos más importantes observados durante el transcurso del siglo XX”[1].
En efecto, sea como fuere, este invento del siglo XX no es sólo la locomotora de la economía, es mucho más, es la vía a la felicidad. Nunca fuimos más felices que en la época transcurrida durante el segundo mandato de Aznar y el primero de Zapatero, cuando gastábamos lo que teníamos y lo que dábamos por hecho que nos tocaría en el futuro.
Pero es evidente que el consumo es imposible de entender sin el consumidor. Hay quien ha puesto como ejemplo del mayor grado de ciudadanía la figura del consumidor responsable, lo que cuernos quiera eso decir... Aunque sea el más importante, porque sin él no existiría la sociedad a la que define, o viceversa, es el último eslabón de la cadena. La idea, el diseño, la fabricación, la distribución y la promoción sólo tienen sentido si tantos esfuerzos logran atraer al consumidor. Porque haciendo abstracción de que los que están implicados en todas las fases de la producción son, a su vez, consumidores , el consumidor es una figura pasiva que recibe el resultado final y su mayor participación en el proceso es decidir si compra o no. Y aún en el asunto de la elección recibe ayuda, pues no me parece casual que, de la noche a la mañana, el gintonic se haya convertido en la bebida y correr sin que nadie te persiga, la solución a cualquier desajuste físico, por citar sólo dos ejemplos recientes.

II.
El espectador es una variante especializada del consumidor y tiene toda una rama de la producción a su servicio, la poderosa industria del entretenimiento. Siempre me ha llamado la atención la ingenuidad con la que hacen pública su función. Tenernos entretenidos, como a los niños pequeños, para que no hagamos trastadas. ¿Qué trastadas podemos hacer? ¿Qué es eso tan peligroso a lo que nos podríamos dedicar si no estuvieran ellos para distraernos como el padre que juega con el peluche para que el bebé olvide el dolor de encías? Que cada quien imagine...
Aunque sus orígenes son tan antiguos como el poder, que siempre ha temido a la gente ociosa que se reunía fuera de su control, la industria del entretenimiento nació como tal con la invención de las pantallas. Dio sus primeros pasos con el cine, creció con la televisión y ha llegado a su plenitud con los ordenadores, tabletas, teléfonos inteligentes y demás.
El espectador es la definición perfecta de la pasividad. Vive la vida a través de otros, es un consumidor de momentos que no ha creado sino que le llegan ya listos para disfrutar. Su mayor participación consiste en elegir este canal o el otro o decidir si ve la serie siguiendo el ritmo natural de emisión o el que él mismo se marque.
La clave es la identificación, sentirse uno parte de lo que está viendo y, aunque casi todas las series disponen de algún personaje creado expresamente para que el espectador se identifique con él, no es en la ficción donde se produce el grado mayor de trasvase de la personalidad. Esa identificación total sólo se produce en el deporte, especialmente en el fútbol, que para eso se decía antiguamente que era “el deporte rey”, cosa que hoy nadie en sus cabales duda, basta ver las audiencias de un campeonato mundial.
Como apuntaba, es un truco muy antiguo, ya los romanos dividían en verdes y azules a los corredores de carros y los barrios se repartían los apoyos. Pero es un truco que funciona. Sólo apuntaré un detalle: es frecuente escuchar a los aficionados decir que “hoy hemos jugado muy bien”. Sin embargo, ni al seguidor más fanático de un grupo de música se le ocurriría decir que “hoy hemos tocado muy bien”. Sabe que por muy identificado que pueda sentirse con los músicos, no forma parte del grupo, pero los futboleros creen que sí.

III.
Política viene de polis, que era el término griego para ciudad. Vendría a ser lo que afecta a la ciudad es decir, su gobierno , y hay que tener también en cuenta que en aquella época las ciudades griegas eran en realidad estados. La manera que tenían los ciudadanos griegos de intervenir en política era la asamblea. Escuchar las opiniones sobre los asuntos que les atañían, proponer la suya si les apetecía y decidir sobre ellos con el voto, que contaba igual con independencia de que lo emitiera un magistrado o un zapatero. Antes de que alguien presente la objeción, la presentaré yo: en las asambleas no podían participar las mujeres, los extranjeros o los esclavos. Los errores históricos están para aprender de ellos, no para perpetuarlos.
Hoy el papel destinado en política al consumidor y a su vez espectador es el de votante. Un papel activo, que le obliga a desplazarse al colegio electoral una vez cada cuatro años. A cambio de opinar un día, calla y otorga durante mil cuatrocientos sesenta, rumiando cómo se vengará entonces (o no). Pero ha participado. Ha hecho el esfuerzo supremo de reflexionar el día anterior, acercarse al lugar indicado, introducir la papeleta en el sobre, engomarlo y entregárselo al responsable de su mesa. No es poco esfuerzo para un solo día...


IV.
Consumidor, espectador y votante. No puedo evitar imaginar el ocio de ese individuo como una secuencia: de lunes a viernes, sofá y mando a distancia, de serie en serie. El sábado, centro comercial, serie y, si nada se tuerce, el coito semanal. El domingo, sofá y mando, pero para ver “cómo ganamos”. Aunque uno de cada doscientos toca ir a votar...
Alguien me llamará frívolo y quizá con razón, pero si reunimos lo dicho en un solo individuo, no puedo dejar de pensar que el ciudadano ideal para el poder y sus ideólogos sería Homer Simpson[2].



[1] Jeremy Rifkin: El fin del trabajo. Nuevas tecnologías contra puestos de trabajo: el nacimiento de una nueva era. Paidós, Barcelona, (1997), p. 41.
[2] Si alguien tiene la idea de que Homer es abstencionista, recordaré una frase de uno de sus episodios más inspirados: “A mí no me mires, yo voté a Kodos”. Debo añadir aquí que aunque me han procurado muy buenos momentos, no considero a los Simpson especialmente rompedores. No hay que olvidar que trabajan para la Fox, que es una especie de 13TV pero en salvaje...

sábado, 16 de mayo de 2015

VISTA A LA IZQUIERDA



“Derecha, izquierda, la misma mierda”
(Coreado en una manifestación en Barcelona, poco antes del 15-M)



Hace unos días he leído un par de entrevistas interesantes a Owen Jones, que presenta libro nuevo. Reflexiona sobre qué es la izquierda hoy, cuál debe ser su papel y su posible evolución futura.
El problema de la izquierda empieza con su propia definición. Según la Real Academia, “En las asambleas parlamentarias, conjunto de los representantes de los partidos no conservadores ni centristas” y también, “Conjunto de personas que profesan ideas reformistas o, en general, no conservadoras”[1].
Lo primero que me llama la atención es que se trata de una definición puramente negativa: no es conservadora ni centrista. Por contra, la definición de derecha es mucho más clara: “En las asambleas parlamentarias, los representantes de los partidos conservadores” y “conjunto de personas que profesan ideas conservadoras”.
Sí, hay una parte positiva, “que profesan ideas reformistas”, pero sólo complica las cosas, porque durante los cien años que van de finales del siglo XIX a fines del siglo XX la izquierda se dividía en revolucionaria y reformista. Hoy los revolucionarios han sido expulsados de la definición de izquierda. Primero fueron antiglobalización, hoy son antisistema, okupas, radicales y, por supuesto, violentos. Desde luego, gente fuera de lo que los periodistas de orden llaman “el mundo real”, como si hubiera más de uno. Sólo se oye “izquierda radical” en las voces de los tertulianos de ultraderecha, pero hay que decir que llegaron a aplicarle la etiqueta al gobierno de Zapatero.
Me parece un buen reflejo de la realidad. La izquierda no es ni derecha, ni centro, ni revolucionaria. Es reformista, y por eso gritábamos aquello que gritábamos en la manifestación... Hace poco ha habido un debate similar en apariencia cuando Podemos llamó a superar la división en izquierda y derecha, aunque es evidente que sus motivos eran muy diferentes, casi opuestos. Pero si vamos más allá del diccionario, ¿cómo se define la izquierda hoy?
Lo primero que cabe señalar es que sólo quien aspira a tomar el poder necesita definirse o justificarse. El poder se justifica por sí mismo y a quien lo ejerce le basta con su propia existencia. Lo ha dicho Rajoy con su torpeza habitual: hay que votar al PP para que no se malogren el crecimiento económico y la creación de empleo. Zapatero en el 2008, Aznar en el 2000, Suárez en 1977 y 1979 y Felipe González en demasiadas ocasiones, dijeron cosas parecidas.
Lo segundo es que no hay una definición única que los partidos de izquierdas y sus seguidores se apliquen a sí mismos, pero lo que se escucha más a menudo tiene que ver con estar del lado de “los que menos tienen” o “los más desfavorecidos” y evitar que se pierdan conquistas sociales.
Poco satisfactorio. Cáritas y algunas congregaciones de monjas están del lado de los que menos tienen, a veces con una dedicación admirable y, sin embargo, no da la impresión de que se sitúen a la izquierda. En cuanto a los derechos sociales, yo diría que no se trata tanto de oponerse a su desaparición como de saber qué estrategia se piensa emplear para conseguirlo y hasta dónde se está dispuesto a llegar.
La indefinición provoca momentos memorables, como cuando Zapatero y Rubalcaba defendían que bajar impuestos o dejar de fumar era de izquierdas. Disparates aparte, el hecho de que la izquierda no sepa lo que es ni tenga claro lo que quiere conseguir, es un grave problema para los izquierdistas. Sí, está ese objetivo declarado de lograr “una sociedad más justa, con igualdad de oportunidades para todos”, pero es tan abierto que permite que cualquiera se adhiera a él, incluida la derecha más combativa, como está sucediendo en algunos lugares con los repartos de comida “sólo para españoles”, que es lo que ellos entienden por todos.
En un debate electoral entre George Bush hijo y Al Gore el moderador, desesperado tras escucharles un buen rato, les dijo: ¿Pero se diferencian ustedes en algo? Ya sé que republicanos y demócratas no corresponden exactamente a derecha e izquierda como se entienden en Europa, pero me parece revelador. Es cierto que aquí aún hacen el esfuerzo de que los programas electorales sean distintos, pero la decoloración de la socialdemocracia como si fuera una pintura barata y el miedo de la derecha a aplicar su programa hasta el final y provocar la rotura de una goma que ya parece demasiado estirada, han llevado a que las políticas de unos y otros se parezcan cada vez más. Cuando Aznar era presidente, los socialistas criticaban con buenas razones la fragilidad de una economía basada casi en exclusiva en la construcción. El Gobierno respondía mostrando las grandes cifras, que eran cada vez mejores. En esto llegó Zapatero al poder y, como los números seguían cuadrando, se olvidó de lo dicho y no varió una pizca el rumbo. Entonces sucedió algo curioso: el PSOE practicó la política que había criticado y el PP criticó la política que había practicado. Se intercambiaron los papeles mientras miraban hacia otro lado, como si el pasado nunca hubiera existido.

La clave de las contradicciones de la izquierda reside en el reformismo. La idea de que el sistema es recuperable, de que, como dicen ellos, podría existir un “capitalismo con rostro humano” (como si la codicia, la insensibilidad o la pura crueldad no fueran suficientemente humanas...). Tengo la intención de ocuparme pronto  del asunto, pero la obligatoriedad de mantener un crecimiento anual del 3% conlleva dejar la ética al margen a partir de un momento[2]. Por ahora me conformo con decir que en un planeta de recursos finitos la idea de expansión perpetua ha de crear tensiones evidentes a medio plazo, pero los reformistas creen que podría moderarse. Como no es así aunque ellos crean que sí, han de encontrar  un enemigo malvado que perturba su desarrollo lógico. Tiene nombre y fecha de nacimiento: el neoliberalismo. Podemos identificar a los dos villanos que lo impusieron: Ronald Reagan y Margaret Thatcher, a principios de los 80. Algo debería darles que pensar que Reagan agotase sus dos mandatos y consiguiera que eligieran al lerdo de su sucesor George Bush padre por el único hecho de haber sido su vicepresidente, pues nada más había demostrado antes ni demostró después, y, de hecho, no fue reelegido a pesar de comandar una guerra victoriosa, cosa que por allí gusta mucho. Por su lado, Thatcher fue desbancada del poder por una conjura en su propio partido, sin haber perdido unas elecciones.
Y si esos datos no les dan que pensar, deberían revisar su historia oficial, que dice que la gente común no ha hecho más que perder desde los 80 lo cual es cierto , pero obvian que en Estados Unidos los reformistas han conseguido en esas fechas cuatro mandatos (dos de Clinton y dos de Obama) y en Gran Bretaña el laborismo de Blair derrotó a John Major y tras él vino Gordon Brown.
Con los neoliberales tengo el mismo problema que con los neonazis, no consigo distinguir lo nuevo de lo clásico. Pero a diferencia de estos, que todo el mundo menos ellos mismos coincide en que tanto la versión nueva como la clásica son repugnantes, la izquierda de verdad, la que sale en la prensa, contrapone el viejo liberalismo que sería bueno, o al menos respetable , frente al neoliberalismo, que es el caldero en el que cuecen todos nuestros males.
Sea como fuere, la idea es que desalojando al neoliberalismo del poder se puede enderezar el rumbo con algunos retoques. El problema es que el alcance de los retoques lo calibran los ideólogos, y estos no están dispuestos a aflojar mucho.
¿Cuál es el límite del reformismo? Hoy parece de corto alcance. Zapatero se sumió en sus experimentos disparatados pero a la hora de la verdad, cuando le llamó al orden el hermano mayor, cortó por lo sano sin remordimientos, “cueste lo que cueste y me cueste lo que me cueste”. Ahora se cumplen cinco años.
Para calibrar la tolerancia de los antes llamados “poderes fácticos” hacia los esfuerzos reformistas tenemos un ejemplo histórico.

Salvador Allende llegó al poder en Chile a finales de 1970[3]. Tenía un programa reformista bastante avanzado y trató de ponerlo en práctica vendiéndose lo justo. Para adivinar el comienzo de lo que pasó, basta mirar hoy a Grecia: primero hubo un boicot económico dirigido desde fuera, con el gobierno estadounidense presionando para que no se concedieran créditos a Chile, como hace hoy la Unión Europea. Pero no sirvió, así que empezaron las maniobras desde dentro, con actos tan incoherentes como que la patronal del transporte decretase la huelga contra sí misma. Eran intentos de estrangulamiento en toda regla, aunque no funcionaron porque, pese a las incomodidades evidentes, aún había mucha gente que conservaba su fe en el proyecto.
Estas agresiones económicas, aunque sucias, eran legales al menos en apariencia , pero pronto siguieron las ilegales. Se alentó, financió y protegió a la ultraderecha, alguno de cuyos grupos de ideología abiertamente nazi , dio rienda suelta a la violencia, pero ni por esas conseguían derrocar al gobierno. Así que, como todo había fallado, llegó el golpe militar, preparado y financiado por el gobierno estadounidense, y Allende prefirió morir a rendirse y se suicidó con la máxima dignidad[4].
El entonces Asesor de Seguridad de Estados Unidos y Secretario de Estado apenas dos semanas después del golpe, seguramente como recompensa por su labor , el infame Henry Kissinger, dijo que no veía razón por la cual se le debiera permitir a Chile “hacerse marxista” (lo que Allende, por cierto, no era), meramente por “la irresponsabilidad de su gente”[5].
Es de suponer que hoy con una economía absolutamente internacionalizada y mercantilizada, donde prácticamente nada queda fuera del alcance de la compraventa , con el sabotaje económico externo e interno debería ser suficiente para doblegar a Grecia. En cualquier caso, si fallasen las buenas maneras y hubiera que recurrir a las armas, a los griegos no les sonaría tan lejano. Mientras Allende trataba de independizar a Chile en todos los sentidos, los griegos sufrían la “Dictadura de los Coroneles”, que había empezado en 1967 y acabó al año siguiente.




[1] Acepciones décima y undécima de la edición del 2001, respectivamente. Para los que somos asamblearios, “asamblea parlamentaria” suena parecido a “alcohólico abstemio” o “creyente ateo”.
[2] Sobre el dogma del crecimiento al 3% se ocupa agudamente David Harvey: The Enigma of Capital and the Crises of Capitalism. Profile Books, (Londres), 2011.
[3] Alguien dirá que esto es casi la Prehistoria, pero el año pasado lamentábamos el tricentenario de la rendición de Barcelona como si fuera un asunto de rabiosa actualidad.
[4] Fue el 11 de setiembre de 1973. La carnicería del 2001 en Nueva York y Washington y, en nuestro ámbito, las coreografías radiotelevisadas del catalanismo, han sepultado esta infamia en el olvido.
[5] Christopher Hitchens: Juicio a Kissinger, inicio del capítulo V, traducción directa del original inglés por Juan Albornoz para el Centro Estudios “Miguel Enríquez” de Chile.