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lunes, 29 de enero de 2018

CÓMO FABRICAR UN NUEVO HÉRCULES EN SEIS MINUTOS




Se cuenta que cuando Alfonso XII hizo su entrada triunfal en Madrid se emocionó al ver el entusiasmo con el que aplaudía un hombre y se detuvo a darle las gracias. Esto no es nada, ― dijo el otro ― ¡si viera cómo aplaudíamos el día que echamos a su madre!
Cierta o no, esta historia muestra bien que en España la monarquía es una institución muy querida y valorada hasta que deja de serlo. Si hacemos una lista de los Borbones[1] reinantes desde la Guerra de la Independencia ― hace ya dos siglos ―, Fernando VII no fue expulsado, Isabel II sí, Alfonso XII no, Alfonso XIII sí y Juan Carlos I no. Si se mantiene la cadencia, a Felipe VI le tocará hacer las maletas...
Sí, es cierto que al final la familia siempre ha vuelto, pero si la primera vez fue apenas un lustro, la segunda fue casi medio siglo el que tuvieron que esperar, así que mejor no pensar en lo que podría significar una tercera expulsión. Y si hay alguien que lo recuerde bien son ellos mismos, pues el único argumento para sostener su posición lo proporciona la memoria. Así que tras su último regreso volvieron preparados y aparte de las leyes que prácticamente les blindaban pero no servían para acrecentar la simpatía hacia sus personas, decidieron apostar fuerte por la prensa y hay que reconocerles que no fue mala elección.
En 1975 había un periódico monárquico, el ABC. Cierto que no ahorraba las alabanzas al Caudillo pero tampoco lo hacía el futuro rey Juan Carlos, de quien se ha dicho que no tolera que se hable mal de Franco en su presencia. Es una de las pocas ocasiones en que se puede decir que ha sido agradecido con alguien.
Aparte del ABC, había un buen montón de periodistas bien situados que habían hecho carrera a base de alabar a quien había que alabar en cada momento y vituperar a los caídos en desgracia. Estos formaban una base de reclutamiento aún mejor que la del ABC, pues a ninguno de ellos le entraría la tentación de reivindicar a Don Juan o alguna locura similar. Habían probado con creces su disposición a arrimarse al sol que más calentara ese día sin miedo a escupir sobre lo escrito el día anterior.
El escalón siguiente lo constituían periodistas jóvenes sin una posición consolidada pero que habían aprendido de sobra las tretas de sus maestros. Hoy les llamaríamos becarios. Eran los llamados a construir el muro de baba tras el que proteger a la Familia Real.
Aparte también había periodistas de oposición, aunque aquí cabe el debate legítimo de hasta qué punto puede ser oposición la que escribe en un medio que se edita bajo una dictadura. De estos, unos pocos se fueron a su casa. Otros, pocos también, se dieron a escribir “en clave”, herederos de una práctica común en las dictaduras que es la de “leer entre líneas”, lo que a veces llevaba a situaciones cómicas.  Pero los más de estos opositores eligieron “evolucionar” poco a poco, sin que se viera mucho la trampa, y uno de ellos acabaría por inventar la brillante fórmula “no soy monárquico, soy juancarlista”[2].
Llamar vergonzoso al comportamiento de esta tropa sería decir muy poco.  Últimamente se ha hecho pública una de tantas historias zafias que cabe atribuir a Don Juan Carlos, la de aquella ocasión en que tiraron por la borda del yate real a una modelo porque Doña Sofía estaba a punto de llegar[3]. La conocemos porque la ha contado recientemente la prensa italiana pero la deducción lógica es que si la conoce la prensa italiana, la española la conocerá con más razón. Y si Doña Sofía se acercaba al barco para reunirse con Don Juan Carlos es que la historia es rancia de cojones, porque hace décadas que la Real Pareja se evita cuidadosamente[4]. Pues bien, estamos hablando de unos cínicos consumados que hasta hace cuatro días hablaban del “matrimonio ejemplar” que formaban Don Juan Carlos y Doña Sofía.
Pero, pese al muro de silencio y el torrente de baba, hacía falta algo más. Está bien no haber roto un plato pero no puedes esperar que pasen cuarenta años alabándote por ello, es preciso hacer algo. Obrar.
Hay tres categorías de hombres virtuosos: los mártires, que son los que sufren, los santos, que dan ejemplo y los héroes, que hacen. Llegó un momento en que el proceso de canonización en vida mostró sus límites, entre otras razones porque se multiplicaban los Abogados del Diablo. Como el rey emérito no es de mucho sufrir, era más lógico intentar acomodarle en la categoría de héroe y la oportunidad llegó cinco años, tres meses y un día después de haber sido coronado, con motivo de lo que los periodistas, tan amigos de las fórmulas, llaman la intentona golpista del 23 ― F.
Su momento de gloria, aquel en el que se ganó la Corona, según otra de las fórmulas periodísticas al uso, fue la retransmisión por televisión de un discurso grabado en el que mostraba su adhesión al orden constitucional y anunciaba habérselo transmitido así a los máximos jefes militares cuando ya hacía horas que era evidente que el golpe no iba a triunfar[5]. Me pregunto cuáles eran las alternativas... ¿no haber hablado? ¿haber sido ambiguo? ¿apoyar el golpe derrotado? En ese sentido Juan Carlos marcó tendencia. Hoy está aceptado que se premie a los jefes sólo por hacer su trabajo pero entonces no era tan común.
En realidad tengo la impresión de que la elaboración del mito es posterior[6]. Después del 23 ― F se comentaba más bien su papel ambiguo y el consejo de guerra a los golpistas no ayudó a despejar las dudas... Lo ubicaría más bien en algún momento de la presidencia de Felipe González, al tiempo que se forjaba La Transición como “versión oficial”, que fue creándose poco a poco y, aunque parezca frívolo, coincidente con la conversión de los chistes del Rey en los chistes de Morán[7].
Sea como fuere, es claro que sienta un precedente. Si el padre tuvo su 23 ― F para justificar su posición, el heredero no puede ser menos. Y aunque es cierto que apenas lleva tres años y medio en el trono, también es verdad que cuando su padre se “ganó la corona” tenía cuarenta y tres años y este va a hacer cincuenta...  Lo que me llama más la atención es que su momento de gloria tenga que ser calcado al de su padre, un discurso televisado en una situación extraordinaria.
Cierto que en este caso extraordinaria pero poco dramática. El balance de daños del 23 ― F no registró ni un solo herido leve ni el mínimo daño material, salvo los famosos desconchones en el techo del Congreso producidos por las ráfagas de los guardias civiles en un momento de excitación. Visto así, ahora estaban los famosos mil heridos... Pero en el caso de Juan Carlos, al menos aún nos enfrentábamos a un intento de golpe de estado como tal, por patético y ridículo que fuese. Había allí una gente armada intentando tomar el poder aunque, como bien apuntaron Miquel Amorós y Jaime Semprún en su momento, la gran diferencia fuera que cuando se produjo el intento de golpe de estado del 18 de julio de 1936 la gente salió a la calle a pararlo (o aplaudirlo) mientras en 1981 la gente corrió a casa a seguirlo por la radio[8].  
Es verdad que se hablaba de golpe de estado desde que en setiembre los independentistas catalanes alteraron a su capricho el reglamento del Parlament para conseguir sus fines secesionistas pero difícilmente puede encajarse un intento de secesión en la categoría de un golpe de estado, pero la prensa hace tiempo que no atiende demasiado al rigor conceptual. En este caso parece que se busca el mimetismo a toda costa: si el padre paró un golpe con un discurso televisado, del hijo se espera lo mismo. Y de paso limpian la mala imagen de la dinastía, pues Alfonso XIII tuvo que salir al exilio por haber apoyado al golpista Primo de Rivera[9]... El caso es que Felipe apareció por la tele y habló durante 362 segundos y con eso, al parecer, ya se ha ganado el trono.
Resulta curioso comprobar cómo el paso del tiempo entre el discurso del padre y el del hijo altera algunos razonamientos. Felipe dice que “Esas autoridades han menospreciado los afectos y los sentimientos de solidaridad que han unido y unirán al conjunto de los españoles, y con su conducta irresponsable incluso pueden poner en riesgo la estabilidad económica y social de Cataluña y de toda España”[10]. Está claro que si en 1981 Juan Carlos hubiera dicho que criticaba el golpe porque podía ser perjudicial para la economía se hubieran reído de él y por ello se abstuvo de decir semejante cosa. Pero hoy, que casi todos vivimos en el alambre, ese dato puede ser mucho más motivador que la integridad de una constitución de cuyos artículos los gobernantes se ríen a diario.
He encontrado una crónica épica que transmite con intensidad el proceso de creación del discurso que eleva a la categoría de imprescindible al rey Felipe[11].  Ya el comienzo es impagable: “Ese martes se levantó temprano y desayunó con su mujer y sus hijas en el complejo de La Zarzuela, como siempre que está en Madrid durante la semana. La historia, al final, es una mezcla de rutina doméstica y de hechos extraordinarios[12]”. Es probable que se deba a la premura de tiempo pero en el relato abundan las incongruencias. Por ejemplo, dice que “En Zarzuela se escribe a varias manos (...) Todo, también las palabras elegidas y el orden de inclusión, es fruto del trabajo de equipo” y se supone que el equipo lo forman, aparte del Rey, el abogado del estado Jaime Alfonsín Alfonso (gallego de 62 años), Domingo Martínez Palomo, teniente general de la Guardia Civil (andaluz “criado en Murcia” de 63 años) y el periodista Jordi Gutiérrez Roldán (catalán de 58 años)  y deja claro que “A última hora de la mañana, el documento está listo para el visto bueno final”. El visto bueno es el de Rajoy que es el malo de la película, como pronto veremos. Sin embargo, en el mismo párrafo, Romero escribe que “Se graba rápido, el rey tiene interiorizado el discurso desde hace días”. Y lo subraya con negrita... La pregunta es cómo puede tener interiorizado desde días atrás un discurso escrito en comandita esa mañana pero Romero también escribe que “Felipe VI se asoma a la pantalla, como llevan haciendo los reyes más de medio siglo para felicitar la Navidad o hacer una declaración excepcional”. ¿Hace más de medio siglo? Está claro que esta mujer tiene un pequeño problema con la cronología.  Desbarajustes temporales aparte, “El rey guardó las formas institucionales durante 48 horas: dejó que hablara primero el presidente del Gobierno el domingo por la noche, cuando Rajoy negó la existencia del referéndum que todos pudimos ver en directo en las televisiones” y el pobre Felipe hasta pagó un precio físico: “es un hombre prematuramente envejecido con barba cana y patas de gallo. Algunos dicen que su aspecto se debe al enorme esfuerzo que realiza por no levantar la voz, por tragarse sapos con deportividad, por ganarse a pulso el sobrenombre del Paciente, como su abuelo materno, Pablo[13]”.
¿Sus enemigos? Un “Madrid pequeño formado por periodistas, políticos, funcionarios, asesores y correveidiles. Lo que en Zarzuela se denomina “la burbuja” y de la que el rey se siente tan distante. Una Almendra Central que abarca todo lo que ocurre dentro de la M ― 30, el cinturón que separa a la capital del reino, la de los coches oficiales y los restaurantes caros, de la España normal. Un territorio físico y mental parecido al cinturón que existe en Washington DC, el famoso beltway del que se nutrió el populismo de Trump”.
Resumiendo, que los de los coches oficiales y restaurantes caros estaban contra Felipe y querían verle caer, no en vano votarían a Trump de vivir en Estados Unidos. Cualquiera diría que si esa Almendra Central  estuviera en contra no haría falta que un bigotón tricornudo entrara en el congreso dando voces pero ¿quién puede oponerse a análisis políticos tan finos?

La dinastía de los Austrias se dio a reivindicar a Hércules como uno de los precedentes mitológicos de la monarquía hispana. Felipe IV encargó una serie sobre los trabajos de Hércules a Zurbarán de la que hoy se conservan diez lienzos en el Museo del Prado. En honor a la verdad, no constituyen su mejor trabajo...
Hércules es también uno de los protagonistas de la preciosa ópera breve de Sebastián Durón La guerra de los gigantes, escrita hacia 1700 y considerada una apología de Felipe V, entonces en guerra con Carlos de Austria[14].
Heracles, más conocido por su nombre romano Hércules, fue el mayor de los héroes griegos y para ganar semejante reconocimiento, tuvo que afrontar doce trabajos que desafiaban cualquier capacidad. De entre todos ellos, mi favorito es el quinto, el menos “heroico”. Le ordenaron limpiar los establos de Augias, rey de Élide, y atesoraban tal cantidad de mierda que tuvo que desviar los cursos de los ríos Alfeo y Peneo para poder limpiarlos con la fuerza sumada de sus corrientes. Aunque yo no entiendo de almendras, avellanas o nueces, me parece un ejemplo a imitar.





[1] Cuando Juan Carlos recibió a Condoleeza Rice le dijo “Hola, señora Arroz”. Ella le podía haber respondido “Good morning, Mr. Bourbon”, porque es exactamente la misma palabra. Como decía aquel personaje de la tele, “yo digo lo mismo que él, pero a él le llaman campechano y a mí gañán”.
[2] Que hoy recuerda otra simpleza similar, lo de “soy independentista pero no nacionalista”. En cuanto a las situaciones cómicas, hubo quien consideró en su momento que la serie infantil “Pippi Calzaslargas”  era un gol que los anarquistas habían conseguido colar a la única televisión existente entonces. O al menos eso ha dicho alguna vez el ex ― humorista Forges.
[3] Jamás olvidaré la rotunda frase que me dijo una vez una modelo profesional: a cualquier cosa le llaman modelo.
[4] No hay que ser muy listo para darse cuenta de que la Reina Emérita prácticamente ha olvidado el castellano.
[5] Entre medias de la película La princesa y el pirata, protagonizada por Bob Hope. Si no recuerdo mal, al comenzar la película Hope aparece diciendo “yo salgo luego, y hago de cobarde”. Pese a lo avanzado de la hora y mi corta edad, tuve permiso para quedarme levantado esa noche...
[6] Es un hecho que merecería una investigación detallada, porque creo que de ella se derivarían lecciones muy interesantes, pero ahora mismo necesitaría un tiempo y unos medios de los que no dispongo para realizarla con la seriedad que requiere.
[7] Fernando Morán fue ministro de Exteriores con Felipe González. Según se dice, era inteligente y soberbio, así que es de imaginar cómo se sintió cuando le adjudicaban acciones atribuidas al Rey Emérito, aunque fueran de mentirijillas.
[8] Hoy todo se desdibuja pero aquella fue conocida como “la noche de los transistores”. Hay gente que recuerda haber visto en directo la entrada de Tejero en el Congreso cuando en realidad esas imágenes sólo se ofrecieron a partir del día 24.
[9] Y salió tan rápido que olvidó a su mujer en Madrid. Ella jamás se lo perdonó.
[10] El discurso completo lo publicó El País el 05/10/17 bajo el título “Discurso completo del Rey sobre Cataluña”.
[11] Ana Romero: “La forja de un rey en sólo seis minutos”, El Mundo, 14/01/18. Al parecer, es un avance de un libro titulado El rey ante el Espejo, puesto a la venta el 16 de enero.
[12] En un texto que reproduje en 2015 ya quedaba clara la importancia que la familia da al desayuno: “Los Borbón – Ortiz son de desayunos completos y calmados, no les van las prisas. (...) el diálogo forma parte de su modelo de educación (...) “Doña Letizia es una experta en nutrición, a la que le interesa el procedimiento dietético y científico de la cocina (...) Ha guisado desde niña, y su padre, Jesús Ortiz, es un grandísimo cocinero”.
[13] Rey de Grecia donde, pese a sus desgracias actuales, no echan de menos a los reyes lo más mínimo. Serán desagradecidos...
[14] Pese a ser el maestro de capilla de Felipe ― hoy diríamos el director de su orquesta y su compositor residente ―, Durón simpatizaba secretamente con el archiduque Carlos y cuando este se hallaba a las puertas de Madrid sacó a los músicos de su rival a cantar el Te Deum en acción de gracias. Se precipitó. Carlos no llegó a entrar en la capital y Durón quedó señalado por su imprudencia. Tuvo que exiliarse a Francia y aunque Felipe, conocedor de su talento, le perdonó, Durón no regresó. Hechos como este deberían hacer replantearse a los catalanistas su visión simplista de la Historia, pero está claro que ni se los van a enseñar en su escuela ni los van a ver en su televisión...

lunes, 5 de enero de 2015

FINAL FELIZ

El otro día fui al cine a ver un documental escalofriante, Ciutat morta. Trata sobre el montaje del 4F y el subtítulo ya lo dice todo: Uno de los peores casos de corrupción policial de los últimos años en Barcelona[1].

La madrugada del 4 de febrero del 2006 se celebraba una fiesta en un edificio abandonado del barrio de La Ribera. Aún quedaban decenas, quizá centenares de personas dentro, cuando llegó la Guardia Urbana, hacia las 6. Desde arriba les arrojaron objetos y uno de ellos, un tiesto grande y pesado, alcanzó a un urbano que no llevaba casco y le fracturó la base del cráneo. El agente, casado y con cuatro hijos, sigue en coma a día de hoy.
Detuvieron a nueve personas: cinco españoles, dos chilenos, un argentino y una alemana, que ya estaban en la calle cuando cayó el tiesto. Un pequeño detalle que en cualquier mente lógica les libraría de responsabilidad pero, como iremos descubriendo, la lógica no es cosa que haya sobrado en esta pesadilla.
Los agentes ― dos de ellos en especial ― se cebaron con los tres sudacas: Rodrigo, Álex y Juan. Baste decir que a uno de ellos le rompieron la mano. Tanto les dieron que tuvieron que llevarles al Hospital del Mar a que les curasen, antes de poder seguir la fiesta en comisaría.
Esa misma noche, dos “bichos raros”, Patricia Heras y su amigo Alfredo, salieron a disfrutar de la comida, la bebida y la conversación entre amigos. Gente decididamente rara, de la que prefiere amar a los de su mismo sexo. Por si fuera poco, Patricia unía a esa anormalidad la de ser poeta y la de llevar un corte de pelo ajedrezado, a cuadritos blancos y negros. De vuelta a casa, los dos en una bici y suponemos que estimulados por los licores, tuvieron un pequeño accidente y una ambulancia les llevó al Hospital del Mar. Una vez allí, mientras Patricia esperaba a que cosieran a su amigo, apareció la comitiva de los tres guiñapos sangrientos y sus ángeles custodios. Mientras los médicos trabajaban duro para recomponerlos, uno de los urbanos decidió que alguien con semejante peinado y pinta de tortillera no podía ser inocente y la acusó de haber participado en los disturbios. Patricia estaba en el furgón antes de darse cuenta, rodeada de gente a la que no había visto en su vida.
De los urbanos pasaron a los Mossos y de allí a la juez, que decretó libertad con cargos para todos menos para los sudacas, en los que apreció “riesgo de fuga por falta de arraigo”. Dos detalles: recuerdo aquí que una de las detenidas era alemana y añadiré que mientras Rodrigo estaba detenido, su madre le buscaba por todas las comisarías de la ciudad.
Por supuesto, se comieron los dos años de prisión preventiva, como marca la ley. Llegó el juicio y basta decir que la defensa hizo un trabajo magnífico. Derribó los argumentos de la fiscalía uno tras otro aunque, desde luego, la versión oficial había cambiado. Ahora no era un tiesto lanzado desde la azotea sino una piedra lanzada desde la calle. Lo que es médicamente imposible, porque para fracturarle la base del cráneo de una pedrada tendría que haberle destrozado la cara, lo que no sucedió[2].
Por no alargar en exceso, me salto las complicidades puestas en evidencia (los alcaldes Clos y Hereu ― entre otros cargos del Ayuntamiento ―, mandos de la Guardia Urbana, los principales medios de comunicación de Cataluña). Basta indicar que desde un punto de vista lógico, razonado y sensato, sólo cabía la absolución, pues no había una sola prueba en contra de los detenidos, salvo el testimonio de los dos agentes de la Guardia Urbana. Que fue el que al final contó. Les condenaron.
Pero resultó una sentencia muy extraña. Les declaró culpables pero les aplicó unas penas llamativamente bajas, lo que causa asombro. Si eran culpables, tendrían que haber cumplido veinte años de prisión y si eran inocentes, tendrían que haber salido absueltos con todos los pronunciamientos favorables. Pero no. Ahí quedó ese híbrido, de forma que Rodrigo, Álex y Juan no tuvieron que volver a la cárcel, pues el tiempo cumplido en prisión preventiva ya cubría la pena.
Recurrieron al Tribunal Supremo. Cuando uno se sabe inocente, no quiere conformarse con algo así.
Más les hubiera valido conformarse. El Supremo aumentó las penas. Rodrigo, Álex y Juan volvieron a prisión, Patricia tuvo que ingresar y Alfredo recibió el indulto.
Patricia no pudo soportarlo. Su alma de poeta se rebeló y durante un permiso saltó por la ventana de un séptimo. Añadió la de suicida a su lista de rarezas[3]
Mientras, los dos urbanos seguían en lo suyo, pero cometieron un error. Una noche, fuera de servicio, estaban en una discoteca y con la seguridad del que sabe que la ciudad es suya, abordaron a una chica de la forma más grosera posible. Un amigo de ella les recriminó su actitud y, por si eso no fuera bastante, además era negro[4]. Le detuvieron allí mismo, le llevaron a comisaría y le propinaron una paliza antológica y, como excusa y de propina, le acusaron de traficar con droga dentro de la discoteca.
Ese fue su error, porque Yuri pertenece a una familia bien situada de Trinidad ― Tobago y no le hacía ninguna falta andar trapicheando. Por si fuera poco, su padre había tenido responsabilidades diplomáticas: cónsul de Noruega. Demasiado como para salir bien librados. Al final fueron condenados a algo más de dos años de prisión y se les ha denegado el indulto.

¿Final feliz? Patricia está muerta, Álex, Juan, Alfredo y Yuri aún no han superado el trauma. Sólo Rodrigo parece haber salido de la experiencia más fuerte de lo que entró. Habría que ser muy optimista para encontrar felicidad aquí...
Pero es que no me refería a ellos, sino a los dos agentes de la Guardia Urbana. Cierto que tendrán que pasar por el engorroso trámite de una temporadita en prisión, pero les han concedido la jubilación a sus 34 y 38 años. Hasta el día de su muerte recibirán una pensión de entre 1.600 y 1.800 euros mensuales[5]. ¿Es o no un final feliz?





[1] Es imposible resumir aquí lo que la película tarda dos horas en explicar. La página www.desmontaje4f.org ofrece muchísima información. Además quiero destacar dos artículos, uno de Gregorio Morán (cuyo testimonio se recoge en Ciutat morta): “Muertes de perro. La poeta (y 2)”, La Vanguardia, 22/10/11, p. 30 y otro de Albano Dante Fachin Pozzi: “¿Cómo puede ser que yo no conociera esta historia que pasó una noche de 2006 en Barcelona?” en cafeambllet.com.
[2] Aquí sólo uno de tantos hechos asquerosos que rodean esta historia: TV3 modificó su noticia de archivo. La primera sólo hablaba del tiesto y tuvieron que fabricar una nueva en la que cupiera también la piedra de la calle. Creo recordar que en la película no se menciona, pero lo han contado los directores en entrevistas. Conservan la captura en vídeo de la noticia original.
[3] No sé si la Iglesia hubiera puesto pegas para enterrar en sagrado a semejante pecadora. Sus amigas le libraron del dilema, aventando sus cenizas en el Mediterráneo griego.
[4] Para hacerse una idea de sus latitudes mentales, uno de ellos, que se hartó de llamar “sudacas de mierda” a Rodrigo, Álex y Juan, es negro. Por supuesto, la diferencia es clara: él está en el bando correcto.
[5] Esperanza Escribano: “El caso más grave de torturas en Barcelona, silenciado por los medios”. Público. 28/12/14 (Pese a la fecha, no se trata de una inocentada).

martes, 28 de octubre de 2014

EL TIEMPO, QUE LE GUSTA JUGAR...

       La casualidad quiso que el mismo día que se supo que Planeta suspendía la publicación del último libro de Gregorio Morán, tras haber intentado en vano que se autocensurase, se conociera que Fernández Villa, máximo dirigente del SOMA― UGT y anfitrión del socialismo patrio de Guerra a Rodríguez Zapatero en las campas de Rodiezmo, había regularizado casi millón y medio de euros en la última amnistía fiscal.
En la SER, donde no habían dado noticia de las presiones sobre Morán por parte de Planeta, Francino y el intrépido Sistiaga se mostraban estupefactos por lo del minero. Yo les oía y recordaba cómo Gregorio Morán llevaba avisando por escrito de que el socialismo asturiano era un nido de corrupción hasta tal punto que Morán tuvo que dejar de veranear en una casa rural de Asturias porque los dueños habían sucumbido a las presiones políticas. Desde luego, resulta un poco descorazonador que las verdades las diga alguien que está más cerca de los setenta que de los sesenta, en posiciones marginales, mientras el comunicador estrella de la cadena más sintonizada y el súper-reportero viven en la inopia[1]

[1] Hay que decir en su descargo que Francino es muy impresionable. Un día se sorprendió de que en su espacio Martín Berasategi quisiera cocinar pollo. Supongo que en Guipúzcoa una marea de risas cubrió la pradera. A Sistiaga le suponía más desencantado con el género humano, más Pérez Reverte, ese otro gran espejo de reporteros...