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lunes, 28 de marzo de 2016

SINDICALISTAS Y SINDICALISTOS


Josep Maria Álvarez, recién elegido líder de UGT[1], se queja de que “Nos sentimos maltratados. El sindicalismo ha sido maltratado. Porque el capital, los poderosos, saben que primero tienen que acabar con el instrumento que los ha conseguido. El capital y los poderosos saben que para arrebatar nuestros derechos primero tienen que acabar con el instrumento que los ha conseguido: las organizaciones sindicales”.
En fin, el capital y los poderosos llevan más de un siglo atacando a los sindicatos. Y se puede dar con un canto en los dientes, porque en buena parte de ese siglo largo a los sindicalistas se les perseguía a tiros, al menos en España. No. El desprestigio viene del otro lado, de los trabajadores, obreros, currantes, proletarios o incluso productores, como se les llamaba en la prensa franquista. Es un proceso largo pero, en realidad, fácil de explicar.
Históricamente había dos grandes sindicatos en España: la UGT, socialista, fundada en 1888 y la CNT, anarquista, en 1910. Aunque siempre hubo gente en los dos lados que intentó el acercamiento, siguieron trayectorias divergentes hasta la Guerra Civil. Así, durante la dictadura de Primo de Rivera UGT decidió colaborar con el gobierno, mientras CNT se negó y fue ilegalizada. De este modo, mientras la UGT disfrutaba de los beneficios de su colaboración, los anarquistas eran asesinados por docenas por los pistoleros de la patronal y, aunque formaron grupos de acción para combatir el terror con el terror, el saldo fue siempre desigual, nunca llegaron a equilibrar el salvajismo de los patronos.
Había también sindicatos agrarios, católicos o los llamados “amarillos” que eran creación de la propia patronal , pero ninguno tenía una fuerza comparable a la de estos dos.
Tras la guerra, tanto UGT como CNT quedaron prácticamente desarticuladas y aunque hicieron intentos de reorganización, la policía los desbarataba con facilidad, pues los militantes históricos eran bien conocidos y resultaba sencillo seguir sus pasos.
Sin embargo, durante el Franquismo hubo conflictos laborales, más a medida que se acercaba el final del régimen, solo que adoptaron una forma nueva.

Durante la famosa huelga minera de Asturias en 1962, se optó por formar comisiones obreras, que daban paso  a un sistema de organización asambleario, en el que los mineros elegían a sus representantes para la negociación y los acuerdos a los que estos llegasen debían ser refrendados en asamblea para ser considerados válidos. Este sistema, que fue perfeccionándose con el tiempo, demostró ser válido dentro de los estrechísimos cauces  que marcaba el Franquismo y precisamente por su eficacia, las comisiones obreras llamaron la atención del Partido Comunista, que decidió infiltrarlas para ponerlas a su servicio, pues el PCE nunca tuvo un sindicato propio con un mínimo de influencia. La estrategia tuvo éxito, pero hubo trabajadores que vieron la jugada y se negaron a ponerse al servicio de los intereses de un partido, de modo que en algunas fábricas llegaron a coexistir dos comisiones obreras, una fiel al PCE y la otra defensora de los principios asamblearios.

Murió Franco y pareció que se destapara una olla que llevase mucho tiempo al fuego[2]. En enero de 1976 hubo una oleada de huelgas de la que la más espectacular fue la del Metro de Madrid, que fue militarizado, pero la de consecuencias más profundas fue la de Vitoria, aunque en ese momento pasase desapercibida por producirse en una capital de provincia con merecida fama de tranquila. La huelga vitoriana implicó a varios miles de trabajadores de una decena larga de empresas grandes, medianas y pequeñas, y duró dos meses. Últimamente se ha recordado porque se han cumplido cuarenta años de su final trágico, resuelto en cinco trabajadores muertos. Hasta Pablo Iglesias habló de ellos, como de Salvador Puig Antich. Sin embargo, como en el caso de Salvador, se recuerda la muerte pero se olvida cuidadosamente mencionar por qué luchaban, porque es algo que no interesa, un molesto recordatorio de que las cosas podrían ser de otro modo. Ninguno quiere contribuir a reabrir un camino peligroso, porque las consecuencias pueden ser incontrolables, como en Vitoria, donde se empezó pidiendo aumento de sueldo y se acabó poniendo en cuestión todo el sistema. La huelga vitoriana merecería un estudio en profundidad que aún está por hacer, pese a que ha generado una cierta bibliografía , pero aquí me limitaré a mencionar un par de aspectos. Una de sus consignas era Todo el poder a la Asamblea, porque su organización fue asamblearia en todo momento y a todos los niveles, desde pequeñas asambleas de fábrica hasta macroasambleas de varios miles de trabajadores. Esta estructura de funcionamiento impedía en la práctica que ningún grupo u organización pudiera ponerla a su servicio y así, fracasó el intento del PNV por hacerse con el control de la huelga. La propuesta consistía en un fuerte respaldo económico a cambio de otorgarle al Partido la facultad de señalar su finalización[3]. Y por supuesto, la falta de control externo esa falta de cabeza dirigente con la que poder entenderse o a la que, en última instancia, poder acogotar , la volvía imprevisible y, al tiempo, muy poderosa. La Policía ya lo vio claro entonces: “De cuajar tales dispositivos de crearse Comisiones Representativas en toda la nación y realizarse efectivamente el pretendido engranaje entre ellas el avance del movimiento obrero sería práctico y se traduciría opinamos en una prepotencia muy difícil de contener”[4]. El otro aspecto importante es que, pese a las cinco muertes y la vuelta forzada al trabajo, en realidad la huelga consiguió sus objetivos inmediatos. Como cuenta uno de sus protagonistas, con el final trágico no hay ninguna negociación. Económicamente las empresas conceden todo lo que habíamos pedido pero sin negociar absolutamente nada. Incluso los convenios que vinieron los años siguientes fueron los mejores convenios de la historia de la clase obrera en Vitoria como consecuencia de aquella lucha que vino antes[5].
Con esta y alguna otra torpeza, pronto se vio que este primer gobierno de la Monarquía tenía demasiados resabios franquistas como para poder llevar la nave a buen puerto, de modo que, mediado 1976, Juan Carlos se deshace del rígido Arias Navarro, que miraba demasiado hacia el pasado, y pone en su lugar a Adolfo Suárez, mucho más interesado en mirar hacia el futuro, precisamente porque quería deshacerse de su pasado, algo que desde ese momento , se convirtió en moda. La tarea que el Rey encarga a Suárez es conseguir un régimen que sea equiparable a lo que entonces se conocía como Europa Occidental, es decir, los países que eran miembros del Mercado Común y de la OTAN.
Suárez diseñó un sistema articulado en torno a los partidos políticos y tuvo el buen criterio de incluir entre ellos al Partido Comunista aunque en ese primer momento no lo hiciese público , seguramente porque tenía informes fiables sobre su fuerza real, que estaba muy por detrás de su leyenda. Pero si para Suárez era fácil entender el ambiente político no en vano, el Franquismo en el que se crió también tenía sus familias que, a veces, necesitaban un sistema complicado de cesiones, negociaciones y equilibrios para entenderse, al menos en los niveles bajos o medianos , la cuestión laboral le sobrepasaba. Primero, porque de donde él venía, cualquier desencuentro entre patronos y trabajadores se entendía como un problema de orden público. Segundo, porque allí encontraba elementos discordantes y potencialmente peligrosos, como los asamblearios, con los que no cabía ese tipo de arreglos. Así que optó por aplicar el esquema político, el que conocía, para lidiar con el problema.
UGT y Comisiones estaban ansiosas por colaborar y como les parecía que el proceso no avanzaba con suficiente rapidez, crearon un engendro de circunstancias, la COS, que convocó un paro general de un día para el 12 de noviembre de 1976. Eso sí, previamente advirtieron de que su intención no era en absoluto derribar al nuevo gobierno, sino solo hacer una demostración de fuerza[6]. Lo cierto es que tuvieron éxito, mucha gente participó en aquello, aunque sería interesante hacer una encuesta para saber cuántos se arrepintieron después, como tantos que votaron al PSOE en 1982 y perdieron su puesto de trabajo con la Reconversión Industrial...
A partir de ahí, todo vino en cascada. El 28 de abril de 1977 se legalizaron los sindicatos y el 16 de enero de 1978 comenzaron las elecciones sindicales. Entre ambas fechas, en setiembre de 1977, se firmaron los Pactos de la Moncloa.
CCOO y UGT se sumaron con alegría al plan, como lo habían hecho los partidos de los que eran meras correas de transmisión, el PCE y el PSOE. El esquema era el mismo. Las elecciones sindicales otorgarían poder a las cúpulas de las centrales y, por supuesto, dinero para mantener contentos a los suyos. Ahí nació la nefasta figura del liberado.
De los dos sindicatos históricos, la CNT se negó a entrar en el juego. Apostó por el asamblearismo y perdió. Es complicado explicar las causas del fracaso. Desde luego, hubo guerra sucia. Se montó una provocación en toda regla el “Caso Scala”, con la presencia de un confidente infiltrado (Joaquín Gambín) , para criminalizar a la CNT convirtiéndola en una organización terrorista. Se acusó a Rodolfo Martín Villa, entonces ministro de Gobernación, de estar detrás del montaje pero, por supuesto, nunca se pudo probar. De lo que sí hay constancia es de que le preocupaban más los anarquistas que ETA o los GRAPO porque ambos, a diferencia de los anarquistas, tenían jefes con los que era posible entenderse, aunque también es cierto que no es obligatorio caer en provocaciones. Puede que fuera la falta de un partido detrás en un proceso que fue diseñado para partidos o que fuera una apuesta  demasiado alta para las fuerzas con las que contaba. También hay quien ha apuntado que la CNT refundada ya nació con graves taras[7]. En cualquier caso, esa nueva CNT pudo ser dejada pronto de lado sin consecuencias apreciables, salvo en lugares concretos.
Pero igual que sucedió con los partidos de los que dependían, Comisiones y UGT tuvieron que pagar un precio. La imagen de Santiago Carrillo con la bandera bicolor detrás no significaba cambiar un trapo por otro sino reconocer la Monarquía y obligarse públicamente a defenderla. Con ese simple gesto desautorizaba cuarenta años de lucha del PCE, pero la ilusión de futuro de entonces compensaba liquidar todo su pasado de un plumazo.
Lo que se pidió a cambio a los sindicatos mayoritarios fue que ejercieran de “policía laboral”, y a ello se aplicaron con entusiasmo. En apenas un par de años habían acabado con cualquier alternativa que no pasase por sus manos, aunque tuvieran que recurrir a tácticas tan sucias como denunciar a la policía con nombres y apellidos a miembros de piquetes de huelgas que no habían convocado ellos. La derrota la resumía muy sencillamente Miquel Amorós en un texto de 1995: el “Estatuto de los Trabajadores, obra de la patronal CEOE y de la UGT, apoyada con reticencias por CCOO, fue promulgado el 10 de marzo de 1980. Introducía la flexibilidad de las plantillas y suprimía la práctica corriente de las asambleas, pero no para dar mayor protagonismo a los Comités de Empresa legales sino para darlo a las cúspides de las centrales, consagrando los acuerdos verticales (por arriba). El capítulo relativo al derecho de reunión establecía la periodicidad óptima de las asambleas ¡UNA CADA SEIS MESES! Además, su celebración sucedería fuera del horario de trabajo, con un orden del día prefijado y con los asistentes de otras empresas (si los hubiere) previamente anunciados”[8].
Con los años el proceso se agudizó. La única obsesión de CCOO y UGT parecía ser desmovilizar a los trabajadores, cuya única fuerza era, precisamente, su capacidad de movilización, poder poner en jaque estructuras productivas vitales. El mensaje venía a ser “vosotros id tranquilos a cenar el sábado, no os preocupéis por nada, que ya velamos nosotros por vuestros intereses. Dejadlo en nuestras manos”. Y, por supuesto, como en cualquier engaño, siempre hace falta uno que engañe y otro que se deje engañar. La gran mayoría se fue contenta a cenar el sábado, confiada en que las conquistas conseguidas no podían echarse atrás, del mismo modo que se decía que los pisos nunca podían bajar de precio...
Recuerdo a Javier Arenas, ministro de Trabajo del gobierno de Aznar, alabando a Antonio Gutiérrez, líder de Comisiones entonces, y Gutiérrez tan feliz, devolviendo los cumplidos... Pero cambiaron las tornas. Llegó la crisis y solo entonces los dos “interlocutores sociales” (que ya habían renunciado hasta a ser sindicatos) descubrieron que pilotaban dos cascarones huecos. Se habían aplicado con tanta energía a desmantelar la fuerza que podían tener la que nacía de la fuerza de movilización, más allá del paro simbólico de 24 horas , que cuando hicieron sus llamamientos a la resistencia, descubrieron que no había nadie detrás. Y se indignaban cuando Esperanza Aguirre pedía que se eliminasen los “liberados sindicales”, cuando no había otra propuesta más lógica. Ya habían cumplido su misión, desarmar a los trabajadores. ¿Para qué les necesitaban en el futuro? Hicieron su trabajo de bomberos de forma impecable y fueron recompensados muy generosamente. ¿A qué viene ahora quejarse de que todas las cerillas de la caja están mojadas?[9]







[1] Líder es la forma moderna de llamar al jefe. Porque liderar, lo que se dice liderar, no lideran nada. Por ejemplo, Mariano y Pedro mandan, uno más que otro, pero solo porque en este momento uno tiene más poder, no porque esté mejor dotado, basta con ver las que arma cada vez que abre la boca... La cita que sigue es de “Álvarez (UGT): “Nos hemos sentido maltratados por el capital”, El País, 12/03/16. Suena un poco repetitiva, pero no es mi culpa.
[2] El detonante fue un decreto de congelación salarial de noviembre de 1975, obra del ministro Juan Miguel Villar Mir. El suegro de compi yogui, dicho sea de paso. Algunos no han conocido mal año.
[3] Carlos Carnicero Herreros: La ciudad donde nunca pasa nada. Vitoria, 3 de marzo de 1976. Servicio Central de Publicaciones del Gobierno Vasco, Vitoria-Gasteiz, (2007), p. 106.
[4] Comisaría General de Investigación Social: Boletín Informativo Nº 26, (06/07/76). Citado por Carnicero, p. 80. Hay que aclarar que nunca hubo tal intento de engranaje.
[5] Todo el poder a la Asamblea. Vitoria 3 de Marzo de 1976 en sus documentos. Likiniano Elkartea, (2001), p. 5.
[6] Fue el primero de estos enfrentamientos rituales. Una huelga general de un día carece de sentido. El objeto de la huelga general es, precisamente, hacer caer al gobierno y no tiene límite de tiempo. Se mantiene hasta que triunfa o es derrotada. Pese a lo escrito, reconozco haber participado con entusiasmo en todas las que ha habido desde diciembre de 1988 salvo una, la de 2002, que encontré muy extraña.
[7] Como Miquel Amorós, que se movió por aquel ambiente y casi treinta años después no ahorraba las críticas: “la neoCNT, la casa común de sindicalistas extraviados, aventureros, anarquistas folklóricos y provocadores”. Los incontrolados [crónicas de la españa salvaje 1976 1981]. Klinamen, (Sevilla), 2004, p.9.
[8] Historia de diez años. Esbozo para un cuadro histórico de los progresos de la alienación social. Klinamen, (Sevilla), 2005, p. 96.
[9] Como el texto ha salido muy largo, pronto aparecerá una nota sobre las huelgas de gasolineras de Barcelona que creo que ilustra bien el proceso que aquí se cuenta.

viernes, 17 de julio de 2015

DE BUENOS Y MALOS

No es fácil escribir sobre asuntos históricos, aunque muchos novelistas medianejos se crean capacitados para ello. Por un lado está la necesidad de simplificar. Los procesos humanos son largos, complejos y llenos de matices, si se explicaran como fueron, con todos sus detalles, sus vacilaciones y sus contradicciones, resultarían incomprensibles. Así pues, hay que aligerar la cantidad de información hasta encontrar la línea que conduce de un hecho a otro sin caer en una simplificación grosera. Por otra parte, la Historia sólo puede construirse mirando hacia atrás, del presente al pasado. Por supuesto, es una obviedad, pero conlleva un peligro del que es difícil escapar: buscar en el pasado la justificación del presente. Dar importancia a aquello que se parece a lo que tenemos y olvidar lo que hubiera llevado a otros escenarios. Hay que ser muy competente para evitar ambas trampas y, sobre todo, hay que tener voluntad de evitarlas. No es el caso de nuestra historia contemporánea, que recuerda más a una película clásica del Oeste, con sus buenos y malos claramente diferenciados y fáciles de distinguir.

En el año 2006, con motivo del estreno de la película Salvador, Salvador Puig Antich y el MIL recibieron un poco de atención de los medios de masas. Salvador ha conseguido su pequeño espacio porque él y Heinz Chez un “delincuente común” que había matado a un guardia civil en un camping de Tarragona , fueron los últimos ejecutados con el garrote vil (hasta el momento, claro, todo puede empeorar)[1]. Salvador basada en un libro bastante superficial del periodista Francesc Escribano, una estrella de TV3 , hacía hincapié en varios puntos que, en realidad, son bastante dudosos. Veamos alguno. Salvador enfrentó el garrote porque en el tiroteo que siguió a su detención murió un subinspector de la Brigada Político Social, que era lo peor de lo peor del régimen franquista. Es cierto que nunca se probó que las balas de su pistola mataran al policía, entre otras cosas porque los compañeros del muerto requisaban las balas según iban siendo extraídas de su cadáver y de ellas nunca más se supo, algo debían temer. Pero también es cierto, y el propio Escribano lo refleja en su texto, que los miembros más activos del MIL habían jurado no dejarse atrapar vivos. Así que es muy probable que Salvador no matase al subinspector, dado el afán de sus colegas por hacer desaparecer los proyectiles, pero también es muy claro que no le hubiese pesado demasiado.
Otro atractivo para el movimiento de la Memoria Histórica, que en el 2006 estaba en su apogeo, era presentarlo como un antifranquista asesinado en virtud de leyes injustas. Sólo que el MIL no era antifranquista sino anticapitalista, y ellos dejaban muy claro en sus textos que atacaban al régimen de Franco porque era la forma que adoptaba el capitalismo en España en ese momento.
Las hermanas de Salvador aprovecharon entonces para pedir la anulación del consejo de guerra que, por supuesto, no les fue concedida , basándose en esos motivos antifranquistas tan contrarios a la ideología de su hermano. (Y que conste que el reproche a la incomprensión de la ideología de Salvador convive con el mayor respeto hacia la determinación y el valor personal que han demostrado siempre: el día que fue detenido, cosido a balazos, se las ingeniaron para colarse en el hospital, acercarse lo suficiente a su habitación y gritarle un “Salvador, estamos aquí” que él oyó y, sin duda, le debió emocionar[2]).
Esto fue hace nueve años y se lo ha llevado el viento, aunque aún me resuenan en los oídos los gritos aterradores de Isabel San Sebastián diciendo “¿y el policía? ¿y el policía?”.

Pero el momento de Salvador acabó por pasar junto con su película y volvió el olvido. Apenas ha quedado memoria de aquello. En la época de las redes sociales, lo que sucedió esta mañana es pretérito indefinido. Debemos, pues, acudir a las historias canónicas. Tomemos una de ellas donde, como diría aquel, es más el papel que la erudición[3]. Siguiendo la misma tónica del libro de Escribano y la película de Huerga basada en él, se dedican tres páginas a la muerte de Salvador pero apenas un párrafo al MIL: “(Movimiento Ibérico de Liberación), una organización de base libertaria que, al parecer, nunca llegó a contar con más allá de una quincena de militantes. El grupo había nacido al comenzar la década de los setenta con la intención de apoyar “las luchas y las fracciones más radicales del movimiento obrero de Barcelona”; pero lo más que llegaron a hacer fue algunas “expropiaciones” a entidades bancarias para ayudar a los huelguistas”. Salvo error por mi parte, esa es toda la información sobre el MIL que contiene esta biblia.
Por contra, la información sobre la Asamblea de Cataluña[4] es mucho más abundante e incluye un capítulo con ese título, dividido en epígrafes fascinantes como Un semáforo llamado Teresa, Cinco horas para entrar en una iglesia o La gitana detenida por los conspiradores. Porque, a diferencia del MIL, una docena de locos que atracaban bancos, la tal asamblea era nada menos que la reunión de todos aquellos que, muerto Franco, pactaron con los restos del Franquismo para repartirse el poder y  legitimarse mutuamente. Allí estaban desde el representante de Pujol hasta el PSUC que con el tiempo fue a dar en Izquierda Unida y todo lo que había entre medio, los que realmente escribieron la Historia.
Así que mientras leía las memorias de Jann-Marc Rouillan, que fue miembro del MIL, no he podido aguantar la risa cuando recuerda que en el otoño de 1971 fue invitado a una reunión con “el responsable de la Assemblea de Catalunya que, a su vez, era el dirigente “clandestino” del partido socialista”. Un médico que vive en un lujoso piso del Eixample y se hace servir por dos criadas uniformadas. (Emigrantes, claro, pero andaluzas o murcianas, entonces no se necesitaba permiso de residencia para estos trabajos). Y que, por cierto, había hecho la guerra como oficial en el ejército franquista.
¿Qué quería la pulcra Asamblea de Cataluña de estos delincuentes desviados? Una petición muy concreta que no necesita grandes palabras para escribirse: que les financiaran con cincuenta millones de pesetas[5].

¿Cuánto dinero reunió el MIL con sus atracos? No es fácil dar una cifra. Según Antonio Téllez serían unos diez millones y según Telesforo Tajuelo, veinticuatro. Téllez parece basarse en el libro de Carlota Tolosa y Telesforo Tajuelo parece demasiado optimista. En mi opinión la cifra más adecuada es la de Tolosa, que consigna las fechas y lugares de los atracos y la cantidad obtenida en cada uno. Siguiendo su relato, el MIL habría obtenido unos diecisiete millones de pesetas, de los que alrededor de cinco se perdieron, un millón trescientas mil por confiar en quien no debían y el resto por imprevistos y problemas en las fugas[6].
No era moco de pavo para un año de golpes según los servicios secretos, en trece años de actividad ETA había recaudado “una cantidad de dinero que es aproximadamente de veinte millones de pesetas”[7] , pero, desde luego, estaba muy lejos de las fabulosas sumas de dinero que los chicos buenos de la Asamblea imaginaban en sus delirios.

En sus memorias Rouillan recuerda que estaba en su celda de la prisión de Muret viendo en TVE “la reemisión de un culebrón muy popular al otro lado de los Pirineos: Cuéntame cómo pasó. (...) El episodio tiene como fondo el regreso del tío de Francia. En la estación, debe entregar una maleta a un contacto de la Resistencia, pero se cruza con la mirada inquisidora de dos grises y se va asustado. De repente, la maleta se encuentra en la mesa, justo en medio del salón familiar. El padre decide abrirla: está llena de billetes de mil. La mujer y la abuela dan marcha atrás santiguándose.

El padre musita en voz baja:
Pero... Me cago en la leche... ¿En qué lío te has metido? Joder... ¿Qué coño es este puto dinero?
Y el tío responde:
¡Es dinero del MIL!
Casi cuarenta años más tarde, el dinero del MIL sigue siendo como un viejo El Dorado”[8].

Por otro lado, su traductor nos informa de que el dirigente de la Asamblea con el que se entrevistó, el socialista converso desde las filas de la oficialidad guerrera franquista, era Felip Solé i Sabarís, tío de algún miembro del MIL y padre del catedrático de historia Josep Maria Solé i Sabaté, lo que no parece un detalle insignificante[9].





[1] Hoy va a ser el día de los seudónimos. Heinz Chez se llamaba en realidad Georg Michael Welzel y no era polaco, como se dijo, sino alemán. Las autoridades franquistas sabían la verdad, por qué no ofrecieron su identidad real sigue siendo un misterio.
[2] Carlota Tolosa: La torna de la torna. Salvador Puig Antich i el MIL. Empúries, Barcelona, 1999, p. 85. Carlota Tolosa es el seudónimo colectivo de un profesor y nueve alumnos de quinto de Periodismo del curso 1983 – 1984 de la Universidad Autónoma de Barcelona.
[3] Fernando Jáuregui y Pedro Vega: Crónica del antifranquismo 1939-1975. Todos los que lucharon por devolver la democracia a España. Planeta, Barcelona, 2007 (aunque al parecer la primera edición es de 1983, pero no queda muy claro). Se extiende a través de 1.117 páginas.
[4] Nada que ver con la ANC de hoy día, salvo su afán de querer representar a todo el mundo sin pedirle permiso primero.
[5] Jann-Marc Rouillan: De memoria (II) El duelo de la inocencia: un día de septiembre de 1973 en Barcelona. Virus, Barcelona, 2011, pp. 141-144.
[6] Antonio Téllez Solá: El MIL y Puig Antich, Virus, Barcelona, 1994, Telesforo Tajuelo: El Movimiento Ibérico de Liberación, Salvador Puig Antich y los grupos de Acción Revolucionaria Internacionalista. Teoría y práctica 1969-1976. Ruedo Ibérico, (s.l.), 1977, p. 39.
[7] Federico de Arteaga: “ETA” y el proceso de Burgos (La quimera separatista). E. Aguado, Madrid, 1971, p. 350. Federico de Arteaga era el seudónimo colectivo del grupo del Servicio Central de Documentación (SECED) que dirigía José Ignacio San Martín.
[8] Jann-Marc Rouillan: De memoria (III) La breve etapa de los GARI: Toulouse 1974, Virus, Barcelona, 2015, pp. 62s. Las palabras en cursiva están en castellano en el original.
[9] De memoria (II), p. 144, n. 18. El traductor es Didac P. Lagarriga. Sobre la honestidad intelectual de Josep Maria Solé i Sabaté sólo daré una pista: Prologó un libro sobre Oriol Solé al que Sergi Rosés hizo algunas objeciones.