martes, 31 de mayo de 2016

¿QUÉ HACER CON TANTA LIBERTAD?



La libertad de expresión
es solo  pura ficción,
mogollón de represión,
¡mogollón de represión!

CICATRIZ: Botes de humo (1986)[1]

Un fenómeno extraño que sucede de vez en cuando: el 30 de abril encontré un artículo en la versión digital de El País que me resultó interesante. Una vez leído, descubrí que la fecha de publicación que aparecía era el 9 de abril. ¿Se trataba de un error? ¿Consideraban que alguna noticia reciente lo volvía de actualidad? ¿Les faltaba material y recurrieron al archivo? Lo cierto es que la verdadera causa me trae sin cuidado, pero no es la única vez que sucede ni el único medio que lo hace.
Se titula “Las columnas en blanco” y es obra de César Antonio Molina, que fue ministro de Cultura con Zapatero[2]. Va sobre la libertad de expresión, en un tono épico ― triunfal del que no me resisto a transcribir algunos párrafos: “Durante estos largos y tortuosos meses en que la política en vez de ser la solución a los problemas ella misma se ha convertido en el peor de ellos, vengo escuchando, por parte de algún partido, insultos y diatribas contra los medios de comunicación, tanto escritos como audiovisuales. Se les acusa de manipular a la opinión pública y de estar en manos de empresas que, únicamente, defienden sus intereses[3]. Quienes esto dicen desconocen la dura, difícil y trágica historia de nuestra libertad de imprenta y opinión. (...) Quienes desconocen los sacrificios que los españoles hicimos a lo largo de los más de cinco siglos de existencia de nuestro país, ignoran que desde la Pragmática de los Reyes Católicos (1502) hasta nuestra actual Constitución (1978), nunca existió una verdadera libertad de prensa y opinión. (...) A mediados del siglo XVII, en los Avisos, Barrionuevo, sufrido editor, acuñó la expresión, hoy también de tanta actualidad, “pobre España desdichada”[4]. (...) Atacar o pretender restringir esta libertad esencial del sistema parlamentario  es un golpe de estado a la democracia. No existe una sociedad libre sin prensa libre. En los sistemas absolutistas y totalitarios lo tenían muy claro. (...) La libertad de prensa, el periodismo libre incluso con sus numerosos defectos y abusos, solo los trajeron a nuestro país la democracia. La libertad de opinión tiene la juvenil edad de casi cuarenta años. Siempre les digo a la gente más joven que yo no nací libre, pues existía una dictadura[5]. Ellos, venidos al mundo en plena democracia, sí nacieron manumitidos. Pero esa libertad no es un bien perdurable si no lo saben defender día a día, no es un bien incorporado de forma natural a su propio ADN. Muchas personas lucharon e incluso murieron por conquistarlo. (...) La libertad de opinión, la libertad de prensa (hoy de comunicación), debe ser tenida muy en cuenta por aquellos ciudadanos que quieran seguir siendo libres. En España el pensamiento fue siempre un bien escaso pero confío, como confiaba Voltaire, que dentro de muy poco se ponga de moda el pensar”.
Hermoso alegato, sin duda, pero ¿cuál es hoy el estado de esas libertades de expresión, opinión, prensa, comunicación y demás redundancias que se le ocurran al antiguo ministro? Difícil respuesta. Dudo entre crítico, comatoso o terminal, por no darlas directamente por muertas. Me contentaré con un par de ejemplos, haciendo constar que podría multiplicarlos al menos por diez, pero creo que los que mostraré son bastante significativos.

El ministro del interior, Jorge Fernández Díaz, ha pedido al Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) que adopte algún tipo medida (sic) ante las palabras del juez de la Audiencia Nacional José Ricardo de Prada sobre torturas en España y estudie “como mínimo” si puede tener la responsabilidad que ocupa. El ministro las ha calificado de “infames”.
El ministro, en declaraciones a los periodistas, se ha referido a los comentarios que hizo el juez en un foro organizado por el Ayuntamiento de Tolosa (Guipúzcoa), donde dijo que en España “la tortura se ha producido de manera clara” y él ha vivido casos de “sospecha fuerte” en los que “los tribunales no han dado respuesta como corresponde a un Estado de Derecho”.
Son unas palabras “indignas” de un juez y ofensivas para las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, ha dicho el responsable de Interior, quien ha recordado que la legislación española tipifica los delitos de humillación a las víctimas o de apología del terrorismo. “Creo en la separación de poderes, sin ella no hay democracia, pero eso no quiere decir que se esté por encima de la Ley y creo que sería bueno que el CGPJ tomara algún tipo de  medida. Esa es una declaración ofensiva”, ha dicho el ministro (...) Fernández Díaz ha recordado que entre la Policía y la Guardia Civil hay centenares de asesinados a manos de la banda terrorista y muchos familiares afectados, de modo que ha considerado que esas declaraciones son “indignas” de un juez, más aún si ejerce en la Audiencia Nacional. Para ello ha aludido a la Ley de protección a las víctimas o al delito de apología del terrorismo, “tipificado en el Código Penal”[6].
¿Por dónde empezar? La tortura es un delito recogido en la legislación y hay gente condenada por haberla ejercido, así que producirse, es evidente que se ha producido, al menos en la opinión de algún tribunal. Por otro lado, ¿qué relación puede haber entre la denuncia de ese delito y la  apología del terrorismo o la humillación a sus víctimas? Sinceramente, se me escapa... Lo más inquietante es que el objeto de los ataques del ministro es un juez de la Audiencia Nacional. Cabe recordar aquí que la Audiencia Nacional se creó para juzgar a los acusados de pertenecer a ETA porque se temía que los jueces que ejercían en el País Vasco estuvieran demasiado presionados por el ambiente (estamos hablando de la segunda década de 1970, cuando los atentados eran casi diarios). ¿A qué estado de degeneración mental hemos llegado para que un Ministro del Interior acuse a un juez de la Audiencia Nacional de proetarra? Y con qué ensañamiento, solo le ha faltado exigirle a su pareja que le abandone. Ni pensar en lo que hubiera sucedido si en lugar de ser todo un magistrado de la Audiencia Nacional hubiera sido un terrible antisistema...

Y vuelve a la carga este personaje tan risible y tan peligroso a la vez: “Fernández Díaz ha advertido este sábado al equipo de gobierno municipal de Barcelona que lidera Ada Colau de que no se puede “ir insultando” a instituciones como la Policía Nacional, ya que son “muy queridas” por los barceloneses y los catalanes”. Al parecer el Ayuntamiento colocó un panel cerca del cuartel de la Policía Nacional de La Verneda que reproducía un poema de Charles Bukowski titulado 4 polis que dice así: Perros vigilan los muros mientras el submarino se va rápidamente a pique. Estoy en una cafetería con 32 caras de cartón, la mayoría inexpresivas. 4 polis de aspecto impecable están sentados a una mesa mirándome. Supongo que yo no  tengo tan buena pinta a sus ojos. ¿Por qué no enviamos a esos muchachos a morir en alguna guerra? Sus madres no habrían llorado más de diez minutos. “Los principales sindicatos policiales” ya han dicho que “Este panel es un insulto y una provocación de mal gusto a toda una corporación y nuestras familias” y. por supuesto, emprenderán acciones legales contra “todos los que hayan tenido algo que ver con este zafio insulto”[7].
De nuevo tengo problemas para abordar este disparate. Bukowski ― que, por cierto, murió en 1994 ― no solo era alcohólico sino que lo parecía. Imagino que tendría problemas con la policía casi a diario. Con la policía de Estados Unidos, claro, no con el Cuerpo Nacional de Policía. Lo de “nuestras familias” resulta muy difícil de relacionar. Aparte, hay un concepto llamado licencia poética que tiene como unos dos mil quinientos años de antigüedad en Europa y que hasta los romanos recogieron en sus leyes como animus jocandi, la posibilidad de hacer burla. Algo que parece haber desaparecido en esta sociedad triste de monologuistas.
En cualquier caso, este ejemplo es revelador. Leo algo que no me gusta, le meto un paquete que se va a cagar. Ahí reside la trampa.
¿Libertad de expresión? Toda la del mundo, y es cierto. Yo no tengo que remitir mis textos a nadie para que decida si son publicables o no. Pero luego tengo que atenerme a las consecuencias. Esa es la bonita trampa del artículo de César Antonio Molina. ¿No se acuerda o no quiere acordarse de que once días después de tomar posesión del Ministerio de Cultura un juez ordenó el secuestro de la revista El Jueves porque osó publicar en portada un dibujo que representaba a los entonces Príncipes, ― hoy Reyes ― yogando, que diría Sancho Panza? Ah, demonios, ¿dónde estuvieron sus protestas entonces? ¿qué apologías valientes hizo de la libertad de expresión? En vano buscarlas, este heroico e incansable defensor de la libertad de expresión encontraba maravilloso que se secuestrara primero la revista y se emplumase después a los autores de semejante afrenta[8].
Después todo ha ido a peor. Resulta que aquel Príncipe ― hoy Rey―, que no hizo ni dijo absolutamente nada para evitar todo aquello, ha recibido este mes la Columna de la Libertad de parte de la Asociación de Editores de Diarios porque “la Corona, y en particular su figura como Rey de España, representa para la prensa un ejemplo de respeto a las libertades y a la libertad de expresión[9]”
No abría este texto con parte de una letra de los Zika por casualidad. En efecto, así nos parecía entonces, que la libertad de expresión era una pura ficción, pero aquella joven democracia ha avanzado tanto que se ha caído por el barranco. En aquel mismo disco había una canción llamada Desobediencia que decía  “hay que machacar al clero/ matar a la policía/ toda esa puta gente/ no son más que porquería”. Por supuesto, ningún seguidor de Cicatriz salió a la calle a golpear a clérigos o disparar a policías, puede que entonces tuviéramos más claras las barreras entre realidad y ficción. Lo que me parece evidente es que esto sería impublicable hoy y la única razón que me lleva a reproducir estas frases aquí es que el miembro más longevo del grupo murió hace dos decenas de años, si no a saber lo que intentaría hacer Jorge Fernández Díaz con él...

Por terminar transmitiendo un poco de optimismo, alguien que sabía de lo que hablaba, ― pues tuvo el dudoso honor de ser encarcelado por sus escritos tanto por Benito Mussolini como por Su Graciosa Majestad británica ― escribió que “el Gobierno capaz de tolerar que el pueblo lo critique y lo ataque de palabra, es en realidad un Gobierno más fuerte y más estable que otro incapaz de aceptar críticas del sistema social y de los gobernantes y tal vez por eso mismo, desde un punto de vista revolucionario, es un obstáculo más difícil de superar”[10].
Cada día lo tengo más claro. Si solo fuéramos capaces de juntarnos unos pocos para dar ese empujoncito... Sí, lo sé, me lo dicen a menudo, sueño despierto. Y tienen razón.






[1] Si la memoria no me falla, en realidad la letra no la escribieron ellos sino Juanjo Eguizábal, famoso en Vitoria por ser el autor de El Caminante, la primera escultura “moderna” instalada en la ciudad.
[2] Según me contó alguien que sabe del tema, fue cesado porque apenas mes y medio antes se había nombrado ministro de Justicia a Francisco Caamaño y eran demasiados ministros gallegos para un hombre tan respetuoso con las cuotas como Zapatero.
[3] Sí, por supuesto, el artículo es un ataque contra Podemos y aquí ahorro los párrafos más crudos por irrelevantes. ¿Acaso es posible publicar hoy día un artículo de opinión en El País que no contenga al menos un ataque contra Podemos por oblicuo que sea?
[4] ¿Jerónimo de Barrionuevo editor?  Barrionuevo era un clérigo que vivía en Madrid, que entre 1654 y 1658 escribió una serie de cartas al deán de Zaragoza en las que le ponía al corriente de las novedades de la corte. Correspondencia privada, en cualquier caso. Sucede que aquellas cartas se publicaron agrupadas en el siglo XIX bajo el título de Avisos y los papanatas de entonces (antepasados directos de los papanatas de ahora)  dedujeron disparates tales como que Barrionuevo fue el primer periodista español  o que su obra fue precursora del Boletín Oficial del Estado, a través de una inexistente relación con la Gaceta de Madrid. Que no se entristezca mucho Molina, un error aún peor lo cometió su colega Iker Jiménez ante los micrófonos de la misma empresa. Que conste que pese a las tergiversaciones de los que no parecen haberlo leído, Jerónimo de Barrionuevo es totalmente recomendable, entre otras cosas por sobrarle el sentido del humor que falta a estos.
[5] No seré yo quien lleve la contraria a un ministro de Cultura, pero diría que hay un par de errores de concordancia en este párrafo.
[6] eldiario.es: “Fernández Díaz quiere que el CGPJ castigue a un juez por hablar de torturas en España”, 20/04/16. La fuente es la agencia EFE.
[7] eldiario.es (Catalunyaplural.cat): “Fernández Díaz carga contra Ada Colau por un poema instalado cerca de una comisaría”, 14/05/16.
[8] Y ahí se abrió la veda de la caza de El Jueves. Denunciado reiteradamente por asociaciones judías bajo la ridícula acusación de “antisemitismo”, su directora ha sido agredida hace poco por un nazi. La paradoja es solo aparente.
[9] Aníbal Malvar: “En los periódicos se esnifa pegamento”, Publico 14/05/16
[10] Vernon Richards: Enseñanzas de la Revolución Española, Campo Abierto, Madrid, 1977, p. 72.

viernes, 20 de mayo de 2016

LO QUE IMPORTA




La semana en que se hace oficial que ― por primera vez desde que hay estadísticas―, la deuda pública española supera la suma de un Producto Interior Bruto anual, la vicepresidenta y portavoz del gobierno en funciones se ocupa de lo realmente importante: la prohibición de exhibir estrelladas en la final de la Copa del Rey de fútbol.

Claro que ella solo responde a lo que le preguntan...

lunes, 11 de abril de 2016




LAS DOS HUELGAS DE GASOLINERAS DE BARCELONA[1]

1977

En julio de 1977 se reúnen en asamblea los trabajadores de gasolineras de la provincia de Barcelona con el objetivo de acordar una plataforma común para la renovación de su convenio. En asamblea posterior se eligió una comisión integrada por siete miembros de CNT, dos de UGT, dos de CCOO y un independiente y el 30 de agosto se presenta el borrador, que es aprobado por mayoría absoluta. Hay que recordar que a finales de abril se habían legalizado los sindicatos, así que estos aún estaban en plena fase de organización. Ya tenían asignado su papel de suplantar cualquier otro tipo de agrupamiento de los trabajadores, pero aún no disponían del poder efectivo para impedirlo.
En este caso se ve claro en el hecho de que era la asamblea la que tenía el control sobre la comisión en todo momento. Las indicaciones de esta se consideraban solo orientaciones que debían ser aprobadas por la asamblea o, en su caso, rechazadas o corregidas.
La petición principal era elevar el salario  de 458 a 1.000 pesetas diarias. Ante los oídos sordos que hace la patronal, deciden convocar huelga a partir del 28 de setiembre. Entonces, esta ofrece un aumento de hasta 700 pesetas diarias.
En ese momento irrumpen en la negociación ― por su cuenta y riesgo ―, unos liberados  de CCOO que ni siquiera eran gasolineros, pero la maniobra es descubierta y denunciada por la asamblea y quedan fuera de juego. No hay que olvidar que en ese mes se habían firmado los Pactos de la Moncloa, que establecían precisamente ese papel de policía laboral para las centrales a despecho de la propia ley, como veremos más adelante. Era solo un anuncio de lo que estaba por llegar...
Y comenzó el regateo. La asamblea bajó a 900, pero la patronal no se movió de las 700, así que se declaró huelga indefinida a partir del 21 de octubre. Éxito total. Pararon todas las gasolineras de la ciudad y el 90% de la provincia. A los cinco días, los patronos claudicaron y acabaron aceptando un sueldo de 881 pesetas diarias, con vigencia hasta el 1 de julio de 1978. Habían conseguido el mejor convenio provincial de gasolineras. Según Zambrana, hasta fueron alabados por una parte de la prensa.
Hay dos cuestiones técnicas, referentes al derecho laboral de entonces, que es interesante precisar. La primera es que aún no se planteaba la cuestión de los servicios mínimos y sin embargo, la asamblea de gasolineros se había adelantado y había previsto un sistema de bonos para que pudieran ser atendidos médicos, ambulancias y otros servicios de urgencias. La segunda es que entonces las huelgas sectoriales estaban prohibidas, de modo que, durante medio año, gente de CNT estuvo recorriendo las gasolineras una por una para que firmasen convocatorias de huelga con la fecha en blanco, para poder presentar todas juntas en el momento adecuado. Debieron ser entre doscientas y trescientas.

1978

En junio de 1978 faltaba un mes para que caducase el convenio, así que lo denunciaron. Sin respuesta. Entonces solicitaron huelga legal y después de diez días, tampoco hubo respuesta.
En aquellos meses habían pasado muchas cosas y parece que los gasolineros no se habían dado cuenta, mientras los de enfrente sí tomaron buena nota...
Cabe recordar que el 16 de enero comenzaba el proceso de elecciones sindicales que otorgaba oficialmente la representación de los trabajadores a los elegidos, a semejanza de la política, donde se entregaba todo el poder a los parlamentarios y senadores electos para que lo interpretasen según su criterio[2].
Sucedió que UGT y CCOO, legitimadas por la fuerza de los votos recibidos en el proceso, habían firmado un convenio nacional de gasolineras que se suponía de validez en todo el territorio.
El nuevo convenio era una ruina. Parece evidente que, puestos a firmar un convenio nacional, las condiciones deberían ser mejores que las del mejor convenio provincial. En su defecto, iguales. En ningún caso peores.
Pues bien, como ya se ha indicado, el mejor convenio provincial era el de Barcelona y comparado con este, el nacional era un desastre. Según una octavilla que circuló durante la huelga, el precio por hora del convenio barcelonés era de 230 pesetas frente a 155 del nacional, el tiempo de almuerzo pasaba de 30 a 15 minutos, los dos pluses de Navidad y Primero de Mayo (1.000 pesetas cada uno) desparecían, así como el “quebranto de moneda” ― hermosa expresión, por cierto ―, que en Barcelona era el salario de un día, y de trabajar un máximo de dos domingos seguidos se pasó a tres[3]. Por si eso fuera poco, como aclara Joan Zambrana, la legislación vigente no otorgaba capacidad de decisión a las centrales sindicales como tales, sino a las comisiones negociadoras que se creaban a tal efecto (en muchos casos estas comisiones se formaban por práctica asamblearia, tanto a nivel provincial como en algunos casos estatal)[4]. Daba igual. La mera existencia del convenio nacional daba a los patronos la excusa a la que agarrarse para no negociar.
Pero ese no era el único cambio, en realidad todo había cambiado. Así, aunque nominalmente pudiera convocar a la huelga la Asamblea de Trabajadores de Gasolineras de Barcelona, se entendió que quien convocaba la huelga era la CNT, mayoritaria en el sector. Su secretario Enric Marco ya había declarado en mayo que “esta vez la CNT va a ir con todas sus fuerzas para que los trabajadores se den cuenta de que la confianza que entonces depositaron en nosotros es justa. Por eso vamos a ir a un convenio y si es necesario a un conflicto, pero bien organizados, desde el primer momento. Que no se hagan ilusiones ni los empresarios ni los arbitrajes oficiales de que van a arrastrar a CNT a algo que no quieren hacer los trabajadores”[5]
La propia CNT había cambiado y, aunque no se prestase al juego electoral, pensaba en términos de central sindical, en un juego peligroso que le iba a traer consecuencias muy negativas. Si en el 77 se había prestado a organizar una huelga de logística muy complicada de forma anónima, ahora le interesaba  que se supiera que estaba detrás,  para acreditar el peso que le negaba la representación electoral a la que había rehusado. El asunto trajo debate y si en el Solidaridad Obrera de mayo del 78 se denunciaba que “CNT no puede hablar de la asamblea como órgano decisorio cuando por otra parte está apoyando comités intersindicales con las burocracias reformistas y por qué no verticalistas, salidas de las elecciones sindicales” en el CNT del 17 de agosto se le replicaba  que “Si nos cuestionamos el que los sindicatos sirvan para la negociación debemos cuestionar la razón de ser de las secciones sindicales. La asamblea cubre el espacio de la unidad de acción, pero hay que defender la estructura del sindicato como organización de lucha” y “Si los sindicatos no sirven, habría que buscar otra forma de organización que podría ser el asambleísmo, pero esto me parece muy peligroso”.  
La huelga comenzó el dos de setiembre y ¡cuántas cosas pueden cambiar en menos de un año!

La Policía Armada tomó las gasolineras a punta de metralleta y se ocupó de dispensar el combustible. Como anécdota, durante los primeros días de huelga ardieron varias gasolineras de la periferia de Barcelona y, a día de hoy, aún no ha quedado claro si se debió a sabotajes o fue consecuencia de la ineptitud policial a la hora de despachar la gasolina[6]. Es evidente que con esa ayuda la patronal podía aguantar lo que le echaran encima.
Pero la cosa no paró ahí, se trataba de una ofensiva en toda regla, sin desatender un solo frente. Hubo un centenar de detenciones por integrar piquetes informativos o, simplemente, pegar carteles a favor de la huelga. Treinta y cinco solo entre el 4 y el 5 de setiembre y, como indiqué en el texto anterior, muchas fueron fruto de delaciones de sindicalistas de Comisiones y UGT. La prensa, que había sido más bien favorable en 1977, se tornó hostil y alternó la desinformación, la omisión y la condena.
No hay dato que muestre mejor la decadencia que examinar los apoyos recibidos. Entre los sindicatos: CSUT, SU, UGT (histórica), SOC y los Col.lectius de Treballadors de Catalunya y entre los partidos: ERC, POUM, PTE, LCR, AC o FNC. Salvo ERC, ninguno de ellos consiguió sobrevivir[7].
Aun con tantos y tan poderosos enemigos, la huelga aguantó casi cincuenta días, hasta el 20 de octubre, supongo que a costa de enormes sacrificios personales y familiares. El acuerdo firmado era meramente defensivo. Incluía la readmisión de los despedidos y sancionados con motivo de la huelga, la libertad de los detenidos, el respeto al convenio provincial del año anterior y la posibilidad  de que en el futuro se pudieran pactar convenios provinciales a la espera de las leyes que estaban pendientes de aprobación. Se trataba de no perder lo ganado, de no retroceder. En definitiva, de salvar la cara.
Y por supuesto, no hubo huelga de gasolineros en 1979...



[1] La información procede de un foro de alasbarricadas.org ― que incluye el capítulo “La Huelga de Gasolineras de Barcelona: dos actos para un conflicto” del libro La alternativa libertaria de Joan Zambrana ―, y de Trabajadores por la autonomía y la revolución social: “Nuevos comentarios acerca de la España salvaje” en los incontrolados [crónicas de la españa salvaje 1976 ― 1981], Klinamen, Sevilla, (2004), pp. 47 ― 87.
[2] En realidad según el criterio de su jefe de filas, que es quien hace la seña convenida indicando el botón que deben apretar. Así que se pueden permitir el lujo de aprobar o rechazar una propuesta sin ni siquiera escucharla y, aún con eso, de vez en cuando se equivoca alguno. En fin...
[3] La cifra de la remuneración por hora parece discordante con la de 1977, pero quién sabe si se habla de bruto o de neto, si se contabiliza el descanso o las vacaciones o, simplemente, había un error. Sea como fuere, es evidente que el convenio firmado por CCOO y UGT era una burla respecto a lo que la Asamblea de Gasolineras de Barcelona había conseguido el año anterior.
[4] Era el espíritu de la época. Tampoco las elecciones de 1977 eran elecciones a cortes constituyentes y, sin embargo, acabaron aprobando una constitución. El régimen salió ilegítimo desde el principio, así que no nos tiene que extrañar mucho de lo que vemos hoy, solo siguen la costumbre.
[5] En efecto, Enric Marco es el farsante aquel que fingió haber estado encerrado en un campo de concentración nazi cuando, en realidad, trabajó para los nazis a través de una organización franquista que reclutaba voluntarios para ayudar al triunfo de Hitler.
[6] Me abstendré de hacer chistes sobre la capacidad de combustión de ciertas formaciones leñosas porque seguro que hoy caben bajo algún apartado de la Ley Mordaza.
[7] Técnicamente el SOC sí, porque se integró en el Sindicato Andaluz de Trabajadores, pero ya no exhibe públicamente sus siglas. Un caso curioso es el de Unión Sindical Obrera, sindicato de raíz cristiana que aún se arrastra hoy con más pena que gloria: la sección vasca apoyó la huelga mientras la catalana guardaba silencio...

lunes, 28 de marzo de 2016

SINDICALISTAS Y SINDICALISTOS


Josep Maria Álvarez, recién elegido líder de UGT[1], se queja de que “Nos sentimos maltratados. El sindicalismo ha sido maltratado. Porque el capital, los poderosos, saben que primero tienen que acabar con el instrumento que los ha conseguido. El capital y los poderosos saben que para arrebatar nuestros derechos primero tienen que acabar con el instrumento que los ha conseguido: las organizaciones sindicales”.
En fin, el capital y los poderosos llevan más de un siglo atacando a los sindicatos. Y se puede dar con un canto en los dientes, porque en buena parte de ese siglo largo a los sindicalistas se les perseguía a tiros, al menos en España. No. El desprestigio viene del otro lado, de los trabajadores, obreros, currantes, proletarios o incluso productores, como se les llamaba en la prensa franquista. Es un proceso largo pero, en realidad, fácil de explicar.
Históricamente había dos grandes sindicatos en España: la UGT, socialista, fundada en 1888 y la CNT, anarquista, en 1910. Aunque siempre hubo gente en los dos lados que intentó el acercamiento, siguieron trayectorias divergentes hasta la Guerra Civil. Así, durante la dictadura de Primo de Rivera UGT decidió colaborar con el gobierno, mientras CNT se negó y fue ilegalizada. De este modo, mientras la UGT disfrutaba de los beneficios de su colaboración, los anarquistas eran asesinados por docenas por los pistoleros de la patronal y, aunque formaron grupos de acción para combatir el terror con el terror, el saldo fue siempre desigual, nunca llegaron a equilibrar el salvajismo de los patronos.
Había también sindicatos agrarios, católicos o los llamados “amarillos” ― que eran creación de la propia patronal ―, pero ninguno tenía una fuerza comparable a la de estos dos.
Tras la guerra, tanto UGT como CNT quedaron prácticamente desarticuladas y aunque hicieron intentos de reorganización, la policía los desbarataba con facilidad, pues los militantes históricos eran bien conocidos y resultaba sencillo seguir sus pasos.
Sin embargo, durante el Franquismo hubo conflictos laborales, más a medida que se acercaba el final del régimen, solo que adoptaron una forma nueva.

Durante la famosa huelga minera de Asturias en 1962, se optó por formar comisiones obreras, que daban paso  a un sistema de organización asambleario, en el que los mineros elegían a sus representantes para la negociación y los acuerdos a los que estos llegasen debían ser refrendados en asamblea para ser considerados válidos. Este sistema, que fue perfeccionándose con el tiempo, demostró ser válido dentro de los estrechísimos cauces  que marcaba el Franquismo y precisamente por su eficacia, las comisiones obreras llamaron la atención del Partido Comunista, que decidió infiltrarlas para ponerlas a su servicio, pues el PCE nunca tuvo un sindicato propio con un mínimo de influencia. La estrategia tuvo éxito, pero hubo trabajadores que vieron la jugada y se negaron a ponerse al servicio de los intereses de un partido, de modo que en algunas fábricas llegaron a coexistir dos comisiones obreras, una fiel al PCE y la otra defensora de los principios asamblearios.

Murió Franco y pareció que se destapara una olla que llevase mucho tiempo al fuego[2]. En enero de 1976 hubo una oleada de huelgas de la que la más espectacular fue la del Metro de Madrid, que fue militarizado, pero la de consecuencias más profundas fue la de Vitoria, aunque en ese momento pasase desapercibida por producirse en una capital de provincia con merecida fama de tranquila. La huelga vitoriana implicó a varios miles de trabajadores de una decena larga de empresas grandes, medianas y pequeñas, y duró dos meses. Últimamente se ha recordado porque se han cumplido cuarenta años de su final trágico, resuelto en cinco trabajadores muertos. Hasta Pablo Iglesias habló de ellos, como de Salvador Puig Antich. Sin embargo, como en el caso de Salvador, se recuerda la muerte pero se olvida cuidadosamente mencionar por qué luchaban, porque es algo que no interesa, un molesto recordatorio de que las cosas podrían ser de otro modo. Ninguno quiere contribuir a reabrir un camino peligroso, porque las consecuencias pueden ser incontrolables, como en Vitoria, donde se empezó pidiendo aumento de sueldo y se acabó poniendo en cuestión todo el sistema. La huelga vitoriana merecería un estudio en profundidad ― que aún está por hacer, pese a que ha generado una cierta bibliografía ―, pero aquí me limitaré a mencionar un par de aspectos. Una de sus consignas era Todo el poder a la Asamblea, porque su organización fue asamblearia en todo momento y a todos los niveles, desde pequeñas asambleas de fábrica hasta macroasambleas de varios miles de trabajadores. Esta estructura de funcionamiento impedía en la práctica que ningún grupo u organización pudiera ponerla a su servicio y así, fracasó el intento del PNV por hacerse con el control de la huelga. La propuesta consistía en un fuerte respaldo económico a cambio de otorgarle al Partido la facultad de señalar su finalización[3]. Y por supuesto, la falta de control externo ― esa falta de cabeza dirigente con la que poder entenderse o a la que, en última instancia, poder acogotar ―, la volvía imprevisible y, al tiempo, muy poderosa. La Policía ya lo vio claro entonces: “De cuajar tales dispositivos ― de crearse Comisiones Representativas en toda la nación y realizarse efectivamente el pretendido engranaje entre ellas ― el avance del movimiento obrero sería práctico y se traduciría ― opinamos ― en una prepotencia muy difícil de contener”[4]. El otro aspecto importante es que, pese a las cinco muertes y la vuelta forzada al trabajo, en realidad la huelga consiguió sus objetivos inmediatos. Como cuenta uno de sus protagonistas, con el final trágico no hay ninguna negociación. Económicamente las empresas conceden todo lo que habíamos pedido pero sin negociar absolutamente nada. Incluso los convenios que vinieron los años siguientes fueron los mejores convenios de la historia de la clase obrera en Vitoria como consecuencia de aquella lucha que vino antes[5].
Con esta y alguna otra torpeza, pronto se vio que este primer gobierno de la Monarquía tenía demasiados resabios franquistas como para poder llevar la nave a buen puerto, de modo que, mediado 1976, Juan Carlos se deshace del rígido Arias Navarro, que miraba demasiado hacia el pasado, y pone en su lugar a Adolfo Suárez, mucho más interesado en mirar hacia el futuro, precisamente porque quería deshacerse de su pasado, algo que ― desde ese momento ―, se convirtió en moda. La tarea que el Rey encarga a Suárez es conseguir un régimen que sea equiparable a lo que entonces se conocía como Europa Occidental, es decir, los países que eran miembros del Mercado Común y de la OTAN.
Suárez diseñó un sistema articulado en torno a los partidos políticos y tuvo el buen criterio de incluir entre ellos al Partido Comunista ― aunque en ese primer momento no lo hiciese público ―, seguramente porque tenía informes fiables sobre su fuerza real, que estaba muy por detrás de su leyenda. Pero si para Suárez era fácil entender el ambiente político ― no en vano, el Franquismo en el que se crió también tenía sus familias que, a veces, necesitaban un sistema complicado de cesiones, negociaciones y equilibrios para entenderse, al menos en los niveles bajos o medianos ―, la cuestión laboral le sobrepasaba. Primero, porque de donde él venía, cualquier desencuentro entre patronos y trabajadores se entendía como un problema de orden público. Segundo, porque allí encontraba elementos discordantes y potencialmente peligrosos, como los asamblearios, con los que no cabía ese tipo de arreglos. Así que optó por aplicar el esquema político, el que conocía, para lidiar con el problema.
UGT y Comisiones estaban ansiosas por colaborar y como les parecía que el proceso no avanzaba con suficiente rapidez, crearon un engendro de circunstancias, la COS, que convocó un paro general de un día para el 12 de noviembre de 1976. Eso sí, previamente advirtieron de que su intención no era en absoluto derribar al nuevo gobierno, sino solo hacer una demostración de fuerza[6]. Lo cierto es que tuvieron éxito, mucha gente participó en aquello, aunque sería interesante hacer una encuesta para saber cuántos se arrepintieron después, como tantos que votaron al PSOE en 1982 y perdieron su puesto de trabajo con la Reconversión Industrial...
A partir de ahí, todo vino en cascada. El 28 de abril de 1977 se legalizaron los sindicatos y el 16 de enero de 1978 comenzaron las elecciones sindicales. Entre ambas fechas, en setiembre de 1977, se firmaron los Pactos de la Moncloa.
CCOO y UGT se sumaron con alegría al plan, como lo habían hecho los partidos de los que eran meras correas de transmisión, el PCE y el PSOE. El esquema era el mismo. Las elecciones sindicales otorgarían poder a las cúpulas de las centrales y, por supuesto, dinero para mantener contentos a los suyos. Ahí nació la nefasta figura del liberado.
De los dos sindicatos históricos, la CNT se negó a entrar en el juego. Apostó por el asamblearismo y perdió. Es complicado explicar las causas del fracaso. Desde luego, hubo guerra sucia. Se montó una provocación en toda regla ― el “Caso Scala”, con la presencia de un confidente infiltrado (Joaquín Gambín) ―, para criminalizar a la CNT convirtiéndola en una organización terrorista. Se acusó a Rodolfo Martín Villa, entonces ministro de Gobernación, de estar detrás del montaje pero, por supuesto, nunca se pudo probar. De lo que sí hay constancia es de que le preocupaban más los anarquistas que ETA o los GRAPO porque ambos, a diferencia de los anarquistas, tenían jefes con los que era posible entenderse, aunque también es cierto que no es obligatorio caer en provocaciones. Puede que fuera la falta de un partido detrás en un proceso que fue diseñado para partidos o que fuera una apuesta  demasiado alta para las fuerzas con las que contaba. También hay quien ha apuntado que la CNT refundada ya nació con graves taras[7]. En cualquier caso, esa nueva CNT pudo ser dejada pronto de lado sin consecuencias apreciables, salvo en lugares concretos.
Pero igual que sucedió con los partidos de los que dependían, Comisiones y UGT tuvieron que pagar un precio. La imagen de Santiago Carrillo con la bandera bicolor detrás no significaba cambiar un trapo por otro sino reconocer la Monarquía y obligarse públicamente a defenderla. Con ese simple gesto desautorizaba cuarenta años de lucha del PCE, pero la ilusión de futuro de entonces compensaba liquidar todo su pasado de un plumazo.
Lo que se pidió a cambio a los sindicatos mayoritarios fue que ejercieran de “policía laboral”, y a ello se aplicaron con entusiasmo. En apenas un par de años habían acabado con cualquier alternativa que no pasase por sus manos, aunque tuvieran que recurrir a tácticas tan sucias como denunciar a la policía con nombres y apellidos a miembros de piquetes de huelgas que no habían convocado ellos. La derrota la resumía muy sencillamente Miquel Amorós en un texto de 1995: el “Estatuto de los Trabajadores, obra de la patronal CEOE y de la UGT, apoyada con reticencias por CCOO, fue promulgado el 10 de marzo de 1980. Introducía la flexibilidad de las plantillas y suprimía la práctica corriente de las asambleas, pero no para dar mayor protagonismo a los Comités de Empresa legales sino para darlo a las cúspides de las centrales, consagrando los acuerdos verticales (por arriba). El capítulo relativo al derecho de reunión establecía la periodicidad óptima de las asambleas ¡UNA CADA SEIS MESES! Además, su celebración sucedería fuera del horario de trabajo, con un orden del día prefijado y con los asistentes de otras empresas (si los hubiere) previamente anunciados”[8].
Con los años el proceso se agudizó. La única obsesión de CCOO y UGT parecía ser desmovilizar a los trabajadores, cuya única fuerza era, precisamente, su capacidad de movilización, poder poner en jaque estructuras productivas vitales. El mensaje venía a ser “vosotros id tranquilos a cenar el sábado, no os preocupéis por nada, que ya velamos nosotros por vuestros intereses. Dejadlo en nuestras manos”. Y, por supuesto, como en cualquier engaño, siempre hace falta uno que engañe y otro que se deje engañar. La gran mayoría se fue contenta a cenar el sábado, confiada en que las conquistas conseguidas no podían echarse atrás, del mismo modo que se decía que los pisos nunca podían bajar de precio...
Recuerdo a Javier Arenas, ministro de Trabajo del gobierno de Aznar, alabando a Antonio Gutiérrez, líder de Comisiones entonces, y Gutiérrez tan feliz, devolviendo los cumplidos... Pero cambiaron las tornas. Llegó la crisis y solo entonces los dos “interlocutores sociales” (que ya habían renunciado hasta a ser sindicatos) descubrieron que pilotaban dos cascarones huecos. Se habían aplicado con tanta energía a desmantelar la fuerza que podían tener ― la que nacía de la fuerza de movilización, más allá del paro simbólico de 24 horas ―, que cuando hicieron sus llamamientos a la resistencia, descubrieron que no había nadie detrás. Y se indignaban cuando Esperanza Aguirre pedía que se eliminasen los “liberados sindicales”, cuando no había otra propuesta más lógica. Ya habían cumplido su misión, desarmar a los trabajadores. ¿Para qué les necesitaban en el futuro? Hicieron su trabajo de bomberos de forma impecable y fueron recompensados muy generosamente. ¿A qué viene ahora quejarse de que todas las cerillas de la caja están mojadas?[9]







[1] Líder es la forma moderna de llamar al jefe. Porque liderar, lo que se dice liderar, no lideran nada. Por ejemplo, Mariano y Pedro mandan, uno más que otro, pero solo porque en este momento uno tiene más poder, no porque esté mejor dotado, basta con ver las que arma cada vez que abre la boca... La cita que sigue es de “Álvarez (UGT): “Nos hemos sentido maltratados por el capital”, El País, 12/03/16. Suena un poco repetitiva, pero no es mi culpa.
[2] El detonante fue un decreto de congelación salarial de noviembre de 1975, obra del ministro Juan Miguel Villar Mir. El suegro de compi yogui, dicho sea de paso. Algunos no han conocido mal año.
[3] Carlos Carnicero Herreros: La ciudad donde nunca pasa nada. Vitoria, 3 de marzo de 1976. Servicio Central de Publicaciones del Gobierno Vasco, Vitoria-Gasteiz, (2007), p. 106.
[4] Comisaría General de Investigación Social: Boletín Informativo Nº 26, (06/07/76). Citado por Carnicero, p. 80. Hay que aclarar que nunca hubo tal intento de engranaje.
[5] Todo el poder a la Asamblea. Vitoria 3 de Marzo de 1976 en sus documentos. Likiniano Elkartea, (2001), p. 5.
[6] Fue el primero de estos enfrentamientos rituales. Una huelga general de un día carece de sentido. El objeto de la huelga general es, precisamente, hacer caer al gobierno y no tiene límite de tiempo. Se mantiene hasta que triunfa o es derrotada. Pese a lo escrito, reconozco haber participado con entusiasmo en todas las que ha habido desde diciembre de 1988 salvo una, la de 2002, que encontré muy extraña.
[7] Como Miquel Amorós, que se movió por aquel ambiente y casi treinta años después no ahorraba las críticas: “la neoCNT, la casa común de sindicalistas extraviados, aventureros, anarquistas folklóricos y provocadores”. Los incontrolados [crónicas de la españa salvaje 1976 ― 1981]. Klinamen, (Sevilla), 2004, p.9.
[8] Historia de diez años. Esbozo para un cuadro histórico de los progresos de la alienación social. Klinamen, (Sevilla), 2005, p. 96.
[9] Como el texto ha salido muy largo, pronto aparecerá una nota sobre las huelgas de gasolineras de Barcelona que creo que ilustra bien el proceso que aquí se cuenta.

viernes, 11 de marzo de 2016

PERIODISTAS

El portavoz del PP Rafael Hernando dice que no había leído la noticia y puede que sea cierto, por una vez. Yo me enteré de casualidad, leyendo El Mundo, pues no había visto nada en El País ni habían dicho nada en las noticias de la SER, lo que esta mañana llevaba a la curiosa paradoja de que Iñaki Gabilondo comentase un hecho del que no se había enterado por la emisora en la que colabora...
Mira que han dado la paliza con el mensaje de Rajoy a Bárcenas, el famoso Luis, se fuerte. Ayer mismo, sin ir más lejos. Sin embargo estos...
El de doña Letizia dice: Te escribí cuando salió el artículo de lo de las tarjetas en la mierda de LOC y ya sabes lo que pienso Javier. Sabemos quién eres, sabes quiénes somos. Nos conocemos, nos queremos, nos respetamos. Lo demás, merde. Un beso compi yogui (miss you!!!) y el de don Felipe dice: ¡Y tanto! Me uno al chat, pero prefiero tener un rato para charlar sin intermediación electrónica ni telefónica. Comemos mañana? Abrazo.
Vamos poco a poco.
El destinatario de los mensajes es Javier López Madrid, compañero de colegio de don Felipe y yerno de uno de los poquísimos de los que se puede decir con propiedad que llevan cuarenta años cortando el bacalao con independencia de quién gobierne en España, Juan Miguel Villar Mir.
El motivo del apoyo era bastante prosaico, rayano en la vulgaridad: Javier López Madrid fue uno de los beneficiarios de las tarjetas opacas de Caja Madrid. 34.800 euros, que se dice que ya ha devuelto. Muy poca originalidad: restaurantes, vuelos, viajes, hoteles, compras en Loewe y Prada y las inevitables cutreces (65 euros en Ryanair, 50 en una pizzería, cargos de entre 6 y un euro en autopistas...). También ha sido interrogado por el juez Eloy Velasco por presunta financiación al PP de Madrid, dentro de la Operación Púnica y se encuentra envuelto en otra trama ― esta sí, realmente sucia ―, por acoso sexual a la doctora Elisa Pinto. La denuncia de la mujer acabó convertida por parte de la Policía en varias acusaciones contra ella y fruto de este hecho aparecieron los mensajes, pues la Guardia Civil ― que mantiene relaciones fraternales con la Policía, como es bien sabido ― contrainvestigó para recuperarlos, pues habían sido sometidos a un proceso de borrado[1].
¿Qué decir de los mensajes?
Lo primero lo obvio, que son privados, y que la gente se expresa de forma diferente en sus mensajes públicos. Yo mismo soy mucho más zafio por mensajería telefónica que cuando escribo en este medio, en teoría al alcance de miles de millones de personas. Sin embargo, esa consigna que se difundía hace años en grupos al margen de la ley que aconsejaba que había que hablar por teléfono como si estuviera intervenido y escribir las cartas como si alguien las fuera a leer, es hoy más válida que nunca. Y don Felipe lo sabe, por algo fue “el heredero mejor preparado de Europa”, según escribía la prensa que hoy calla, “charlar sin intermediación electrónica ni telefónica”. (Ay, esa manía de adornarse... ¿cuál será la intermediación electrónica? ¿El telégrafo?). En cualquier caso, sabias palabras, aunque no especialmente meritorias viniendo de alguien que ha visto publicadas conversaciones indiscretas de Su Real Padre, aunque es cierto que básicamente en medios extranjeros.
Pero doña Letizia es otra cosa. Suple su falta de preparación con espontaneidad o humanidad, lo que le permite enhebrar una retahíla como  Sabemos quién eres, sabes quiénes somos. Nos conocemos, nos queremos, nos respetamos. Este fragmento me tiene petrificado. Podría aparecer en el cuaderno de un escolar que aprende los verbos o en un ensayo de discurso generado por un robot. También me tiene perplejo por qué una cosa es mierda y la otra merde, y no encuentro razón objetiva que lo justifique, salvo una muy humana propensión a alardear de conocimiento de lenguas, como el miss you!!! con el que finaliza.
¿Y la prensa qué dice? Pues bien poca cosa, porque para ellos la noticia no se ha producido. Volvemos a los tiempos juancarlistas: si no es favorable, no existe. Federico Jiménez Losantos ha dicho algo que parece un disparate, que Rajoy ha filtrado la noticia para hacer daño a Felipe VI por no haberle propuesto para formar gobierno. Quién sabe dónde estará la verdad, pero lo cierto es que, leído dos veces, no parece tan disparatado. En El Mundo ha aparecido una “Carta abierta a Su Majestad la Reina de España del director adjunto de EL MUNDO, Iñaki Gil” donde critica a la reina Letizia con gran valentía hasta donde permiten las rácanas leyes de este país, que sigue siendo muy poco[2]. Sin embargo queda la duda de qué hubiera hecho El Mundo de no ser la mierda de LOC uno de sus suplementos, aunque lo podemos imaginar...
En todo caso, el compi yogui es un hallazgo digno de figurar en una antología, pero los cielos me libren de decir en cuál.






[1] La información y las citas provienen de tres artículos de eldiario.es: “Los reyes de España arroparon a López Madrid cuando estalló el escándalo de las tarjetas ‘black’” (08/03/16), “PP y Ciudadanos evitan comentar el apoyo de los reyes a López Madrid cuando estalló el escándalo de las ‘black’” (09/03/16) y “Los gastos de Javier López Madrid con su tarjeta ‘black’” (09/03/16). Los artículos incluyen enlaces en los que se puede ahondar en, por ejemplo, la espeluznante historia de la doctora Pinto.
[2] “Soy el jefe de “la mierda de LOC” y espero, Majestad, que siga leyéndonos”, El Mundo (09/03/16)

miércoles, 2 de marzo de 2016

LEER A LOS CLÁSICOS (I)


Clásico es aquello que es digno de ser imitado, según una hermosa definición que leí una vez. Nuestra época está tan falta de imaginación que imita a los clásicos aun sin saberlo.
Unos titiriteros han ido a prisión y aunque ya han salido, pesan sobre ellos cargos gravísimos que podrían costarles hasta cuatro años de prisión a cada uno. Durante esos días pensaba a menudo en un compañero de colegio que era sonámbulo. Cuando le apretaba la vejiga se levantaba dormido y en lugar de abrir la puerta del retrete, abría la del armario empotrado que estaba junto a ella y allí se aliviaba. Ha habido muchos sonámbulos estos días.
Los primeros, aquellos padres escandalizados que llamaron a la policía. ¿O no fueron ellos? Porque según el juez, “ese público infantil acompañado mayoritariamente por sus padres abandonó escandalizado el lugar por lo que estaban viendo y otros arremetieron contra los actores, paralizando la obra y llamando a los agentes de la autoridad”, así que de su relato se deduce que fueron los niños quienes tomaron la iniciativa[1].
Pero hubo más denunciantes y el primero, conviene no olvidarlo, fue el propio Ayuntamiento de Madrid, por sus “acciones ofensivas, completamente fuera de lugar en cualquier contexto y totalmente irrespetuosos con los valores de convivencia, respeto y diversidad propuestos por el Ayuntamiento de Madrid[2]”. Pero, pese a su enérgica decisión ― que como tienen por costumbre, quisieron revocar días después, cuando el daño ya estaba hecho ―, no se libraron del justo castigo. El diario ABC, en un artículo titulado muy poco inocentemente[3], dejaba claro que “Gora Alka―ETA” era “un juego de palabras relacionado con “Al Qaeda” y con alcaldesa, “alkatea” en euskera, según indicaron a ABC fuentes de la investigación”. Por supuesto, ha quedado claro que estamos hablando de sonámbulos, pues cualquiera que se informe sabrá que los sustantivos en vascuence ― como en inglés ―, carecen de género, por tanto alkate (la –a es el artículo) es quien ocupa la alcaldía, con independencia de que sea hombre o mujer. En todo caso, poca pena por el ataque, bien se lo merece por chota.
Después llegó todo un baile de sonámbulos y aquí van algunos, aunque no sé si en el orden cronológico correcto. “El ministro en funciones del Interior, Jorge Fernández Díaz, ha calificado de “absolutamente repugnantes” estos hechos que, ha dicho, “traspasan todas las líneas rojas”. “No se puede jugar con la apología y el enaltecimiento del terrorismo en ninguna circunstancia ni lugar, no se puede humillar a las víctimas, y si además se hace en el contexto de una fiesta infantil, adquieren unos niveles de reproche” añade Fernández Díaz. “Confío en que la Audiencia Nacional estará una vez más en su lugar””[4]. Begoña Villacís, portavoz de Ciudadanos en el ayuntamiento, afirmaba que “que los niños vean cómo se ensalza a ETA o se viola a una bruja no es aceptable[5]” y más tarde volvía a la carga acusando “al gobierno de Manuela Carmena de “defender” a ETA”. A su vez, “el portavoz adjunto del Grupo Popular, Íñigo Henríquez de Luna[6], y la portavoz de Cultura de su formación, Isabel Rosell, acudirán a los juzgados de Plaza de Castilla para presentar la denuncia, [por colaboración en enaltecimiento del terrorismo y desprotección de menores] (...) mientras que la portavoz municipal, Esperanza Aguirre, emitía un tuit apuntando que, o Carmena la cesaba, [a Mayer] o sería “corresponsable de un posible delito de enaltecimiento del terrorismo””. La guinda la ponían la Asociación de Víctimas del Terrorismo y Dignidad y Justicia que, de una tacada y sin pestañear, se querellaban “contra los titiriteros Alfonso Lázaro y Raúl García, contra el director artístico Ramón Ferrer Prada, contra la concejal de Cultura del Ayuntamiento de Madrid, Celia Mayer, así como contra la alcaldesa de la ciudad, Manuela Carmena”, aunque el juez y el fiscal sólo admitieron la parte de los titiriteros y rechazaron el resto[7].
¿Cómo no recordar la cita?

y, diciendo y haciendo, desenvainó la espada, y de un brinco se puso junto al retablo y, con acelerada y nunca vista furia, comenzó a llover cuchilladas sobre la titerera morisma, derribando a unos, descabezando a otros, estropeando a este, destrozando aquel, y entre otros muchos, tiró un altibajo tal, que si maese Pedro no se abaja, se encoge y agazapa, le cercenara la cabeza con más facilidad que si fuera hecha de masa de mazapán. Daba voces maese Pedro diciendo
― Deténgase vuesa merced, señor don Quijote, y advierta que estos que derriba, destroza y mata no son verdaderos moros, sino unas figurillas de pasta. ¡Mire, pecador de mí, que me destruye y echa a perder toda mi hacienda!

En aquella época todo el mundo reía con ese capítulo, pues entendían que solo un loco podía arremeter contra un espectáculo de títeres[8]. Pero así están las cosas hoy. Si triunfaran los sonámbulos y los titiriteros fueran condenados, en el futuro cualquier novelista o cineasta que ambientara su historia en el País Vasco de los años ochenta y osara reproducir una manifestación de Herri Batasuna con las pancartas y consignas que siempre aparecían, podría ir a la cárcel con este precedente. Y sin embargo, no siempre ha sido así...
En agosto del 2003, en un concierto incluido en el programa oficial de fiestas del Ayuntamiento de Vitoria ― Gasteiz, dos encapuchados subieron al escenario y enarbolaron una pancarta más grande que ellos con el emblema de ETA que, conviene recordarlo, entonces estaba activa y lo hacía notar siempre que tenía ocasión.
No se denunció a nadie. Ni a los encapuchados, ni al grupo que daba el concierto, ni al alcalde ― el hoy ministro de Sanidad en funciones Alfonso Alonso ―, ni a la concejala de Cultura Encina Serrano, ni al programador, suponiendo que lo hubiera. Sin embargo hoy, cuando hace más de cuatro años que ETA anunció que lo dejaba definitivamente, no solo ha subido la calificación penal del delito sino que se acusa hasta a quien no lo comete. La situación recuerda otro clásico, este en forma de refrán: A moro muerto, gran lanzada[9].




[1] Es solo uno de los efectos que conlleva dejar de leer a los clásicos, se pierde la habilidad para la redacción. La cita es de “El juez envía a prisión a los dos titiriteros detenidos en Madrid por enaltecimiento del terrorismo”, Público, 06/02/16 y la cursiva es mía.
[2] “El juez Ismael Moreno ordena prisión provisional sin fianza para los dos titiriteros”, El Confidencial, 05/02/16.
[3] “Un juez ahorcado, una monja muerta y carteles de “Gora Alka―ETA”: la obra de títeres de Carmena”.
[4] Desde luego, un lector de clásicos nunca hablará de líneas rojas ni de niveles de reproche adquiridos y, por cierto, mal concordados...
[5] Le recomendaría la lectura de un pequeño clásico de Federico García Lorca, el Retablillo de don Cristóbal. En él aprendería qué clase de cosas hacen los títeres de cachiporra y, de paso, que el título de la obra que tanto detesta no es casual.
[6] ¿Será descendiente ― nunca mejor dicho ― del Enrique Enríquez, señor de Bembibre y Bolaños y conde de Alba de Liste, del que cuentan las Coplas de la panadera que
por ganar honra a deshora
los contrarios ofendiera,
mas la gran gente ropera
que con él fue a desranchar
fizo, por cierto, quedar
su persona prisionera?
[7] Las citas proceden de “La concejal de Cultura de Madrid, tras la polémica de los titiriteros: “Estamos indignados””, Público, (leído el 07/02/16), “Ahora Madrid ve una “sátira” y no un delito en la actuación de los títeres “, El Confidencial, (06/02/16), “El PP denunciará a la concejala de Cultura Celia Mayer por “colaboración en enaltecimiento del terrorismo””, el diario, (06/02/16) y la página de la AVT.
[8] Sí, es la famosa historia del retablo de maese Pedro, en el capítulo 26 de la segunda parte del Quijote.
[9] Ya decía el sabio Quevedo que los refranes son “evangelios abreviados”.